La vida es un breve e irreemplazable regalo. Así que haz exactamente lo que te apetezca hacer, como te apetezca y cuando te apetezca. De lo contrario estarás malgastando tu vida y los talentos que te han sido dados.
Larry Desmedt
Acaba de anochecer. El
viento barre las colinas y despeja el cielo que por la ventana se
manifiesta majestuosamente estrellado. Más allá del silbido del
aire que entrechoca con fuerza las ramas de los
árboles no se oye nada. Hace fresquito y como la cosa no está para
gastos suntuarios, la cómoda calefacción ha dado paso a la estufa
de leña. Es lo que ofrece la Tierra, y el calor y olor naturales no
tienen parangón. Tras depositar un buen tocón, inmediatamente presa
de las llamas que calientan la estancia, un cosquilleo en el estómago
recuerda que hay gazuza. La cena consiste en un poco de pan, aceite
de los olivos de la última cosecha y nueces del otoño que, un año
más, se han podrido por millares sin alma que las recoja.
Cascadas las nueces e ingerido el manjar, es hora de irse a dormir. No debe ser tarde, pero es de noche, y el cuerpo está cansado. Así que, ante la ausencia de aparatos electrónicos que distraigan del único cometido importante: dormir, uno se va a la cama. Y lo hace con la satisfacción de haber tenido un día donde, en toda sencillez, sin gastos y de manera sana y natural, ha podido hacer casi todo lo que quería, como quería y cuando quería. Una saludable actitud que debería ser de ordinaria administración pero que en nuestra cultura parece ser poco menos que un sacrilegio.
Herederos de una larga
tradición judeocristiana del sacrificio y del sufrimiento, hoy en
pos del éxito, del triunfo y del culto al ego, desde pequeños se
nos impone que no somos nadie y que tenemos que
disciplinarnos y formarnos para convertirnos en alguien en la vida.
En alguien distinto de quien ya somos, claro. Así, la enseñanza, cuyo cometido es llenarnos
como botellas de agua en vez de ayudarnos a crecer como flores a
nuestra manera, - retomando la expresión del lingüista, filósofo e
historiador Noam Chomsky- no nos orienta a definir nuestras particularidades, a
fomentar nuestro tipo de inteligencia, a indagar en nuestra
sensibilidad, a desarrollar nuestras características individuales, o
a descubrir nuestras motivaciones e inclinaciones. A las antípodas
del nosce te ipsum -conócete a ti mismo- escrito en el
santuario de Delfos, somos moldeados, domesticados y adoctrinados en
un programa común y homogéneo que, como explicó el filósofo
alemán Max Stirner, nos convierte en rehenes de los valores del
poder dominante, de forma a que acatemos estos sin discusión ni
discernimiento, coincidan o no con lo que dicta la voz de nuestra
conciencia.
Cada vez más
desnaturalizados, nos vamos transformando en almacenes de
conocimientos que debemos memorizar sin comprender, y que son siempre
la experiencia de otra persona. Como tal, suelen entrar por una oreja
y salir por la otra. Algunos pocos, los que utilizamos a diario
permanecen en nuestra memoria, pero la mayoría los olvidamos porque
no son el propio vivido. El propio vivido, aquello que sentimos en
nuestras carnes es el saber, y eso ninguna escuela, colegio,
instituto ni universidad lo puede enseñar. El saber se aprende
necesariamente fuera de aulas sin contacto alguno con el entorno,
donde conseguimos ser unos especialistas fantásticos, unos “asnos
con diploma”, retomando el concepto de Sánchez Dragó, con
millones de datos, teorías e informaciones pero sin
una puñetera experiencia en la vida, criados como pollos en batería,
incapaces de plantar un árbol, levantar una pared, pescar un besugo, enhebrar una aguja,
distinguir un fruto comestible de un venenoso, reparar un grifo o
movernos fuera de nuestras referencias.
No olvidemos en esta
tarea la fundamental contribución de los grandes medios de
entretenimiento e intoxicación, más conocidos como medios de
comunicación, a los que uno ha aludido numerosas veces en sus
textos, y la publicidad, que nos taladra
el cerebro desde nuestro nacimiento en diarios, televisión, radios,
prensa, revistas, internet, teléfonos móviles, correos
electrónicos, paredes, cristaleras, paradas e interior de transportes
públicos, pancartas, avioncitos en las playas, farolas, tiendas,
vallas, fachadas, escaparates, comercios, carreteras, deportistas y,
en general, todo nuestro mundo real y virtual, de la ceca a la meca,
con la voluntad expresa y manifiesta de convertirnos en esclavos
perpetuamente frustrados e insatisfechos que consuman sus productos,
servicios o ideales. Si necesitan más detalles sobre esta obviedad,
lean el libro 14,99€, del publicista Frédéric Beigbeder.
Así, por inercia, muchos de nosotros acabamos siendo lo que la sociedad o el entorno consideran aceptable y válido, o ejerciendo
una profesión que no nos gusta ni nos llena en una vida que
no nos satisface. Saturados, confusos y perdidos, ya no sabemos lo
que hemos venido a hacer ni lo que realmente nos motiva.
Y si lo sabemos, tenemos la impresión que llevarlo a cabo no sirve
para nada, que no seremos capaces o que no podremos. Algo que parece acrecentarse en
estos tiempos de penuria donde los impedimentos, ya sean físicos, materiales, personales, familiares, o
sobre todo, económicos, van en aumento y las ataduras y exigencias de las que
difícilmente podemos desprendernos monopolizan nuestras vidas.
Llegados al punto en que
sentimos que cada día es igual, que no vamos a ningún sitio y que hemos perdido la ilusión por
la vida, a lo mejor deberíamos cambiar de pautas y empezar a
ejercer nuestros talentos para intentar acometer lo que nos hace vibrar, lo que nos permite
sentirnos vivos, como reza la frase que
introduce este texto y que debería servirnos de constante y lenitivo
norte. Su autor llegó a tal dictamen con 55 años, después de haber pasado una parte de su infancia en un armario molido a palos, después de
fugarse de su casa y tener que volver con el cadáver en brazos de su
hermana asesinada, después de ser encerrado en la cárcel, y después
de engancharse al alcohol y a la heroína cayendo lo más bajo que
puede caer un ser humano, hasta acabar sin techo, sin dinero, sin dignidad y sin
esperanza, desangrándose en la calle a punto de morir. Pero Larry
Desmedt salió adelante. Afirmando que “las mayores atrocidades que
ocurren en nuestras vidas, con retrospectiva se convierten en
bendiciones”, este hombre supo aprovechar todas las situaciones que
le fueron dadas para desarrollarse, aprender y conseguir vivir de una
pasión que le aportó un reconocimiento mundial: la creación de
motos clásicas. Un reflejo de su
personalidad donde cada pieza, ya fuera mecánica, pintada, tapizada
o grabada, tenía una enorme riqueza y complejidad de diseño, pero
sobre todo, una funcionalidad expresa en un conjunto esencial y
minimalista.
En cualquier caso, la fama no
llegó tanto a Larry por la calidad de sus construcciones, sino por la
humana. Entre su legión de admiradores, muchos de los cuales no
habían conducido una moto clásica en sus vidas, los que mejor le
conocían destacaban su enorme amabilidad, su total integridad, y una
humildad que no perdió ni en el apogeo de su celebridad y que le
hacía dedicar su tiempo, su atención y su sonrisa para ser útil a
los demás. Pero sobre todo, la actitud de Larry posibilitó que
conociera a su mujer y se casara con ella, dándole, según sus
palabras, una enorme fuerza y algo en que creer. Inquieto y con un
afán irrefrenable de saber, las dudas seguían formando parte del día a día de este artista. De hecho, le fascinaban tanto las incógnitas de la existencia, que
el signo de interrogación devino su logo personal y comercial. Cómo
él mismo explicaba: “Yo no sé nada de la vida excepto que es
incierta. Así que intento sentirme cómodo con esto, no temerla,
dejarme llevar por el misterio y centrarme en el momento. Cuando no
lo consigo, cuando me asedian las preguntas y me encuentro demasiado
confuso, cojo una de mis motos y me doy una vuelta. Entonces estoy
exactamente en el instante y obtengo las respuestas exactas. Las
respuestas correctas. Es como la meditación. Fluyo.”
Pues de eso se trata
exactamente. De construir motos, componer, dibujar, inventar, viajar,
hacer deporte, enseñar, crear, fabricar, producir, tocar la zambomba o
escribir un texto como el que el aquí presente os está endilgando,
es decir, dedicarnos a lo que nos dé la santa gana. Un hábito ancestral que ya quedó plasmado hace
4100 años por la civilización Mesopotámica, en uno de los
textos más antiguos de la humanidad que se conservan, la Epopeya de Gilgamesh. También era cantado en
fiestas y banquetes egipcios, incluidos los funerarios, como demuestran los versos del Canto del Arpista
presentes en la tumba del faraón Interf hace 3600 años, y las
escrituras del pensador griego Heródoto en su visita al país hace
2500. En el otro extremo del planeta, en China, Lao-Tse dijo lo suyo
acerca del asunto en su Tao-Te-King, hace casi tres milenios. La
escuela hindú Cārvāka surgida hace 2600 años basó su enseñanza
en este principio. Volvieron a incidir en ello de distinta manera los
griegos Demócrito, Arístipo y su escuela cirenaica luego, y Epicuro
y el sistema filosófico que lleva su nombre después. Lo afirmó San
Agustín, hace 1700 años y fue uno de los leitmotiv del Falansterio
de Gargantúa que Rabelais escribió hace 600. Para agotar ya
este repertorio, a fe nutrido pero ni mucho menos exhaustivo,
recordaremos que Jeremy Bentham y John Stuart Mill adaptaron tal frase sapiencial a su escuela utilitarista en los siglos XVIII y XIX, y
que su herencia ha llegado hasta hoy, de la mano de algún filósofo como Michel Onfray.
Dado que esta vida ya no
la volveremos a vivir nunca más y que no sabemos lo que va a pasar
mañana, ni simplemente luego, ¿Vamos a seguir caminando con apatía,
resignación, pesadumbre y amargura? Que cara de tontos se nos pondrá
si nos tenemos de despedir dándonos cuenta que ni siquiera hemos
intentado realizar aquello que nos apasionaba. Quitémonos pues
algunos pesos de encima y démosle un poco de sentido, de ilusión,
de entusiasmo y de alegría haciendo lo que nos gusta, aunque sean
unos minutos al día. Una fracción de esos que utilizamos en matar el tiempo o en
invertirlo en chorradas como mirar la televisión, internet
o el smartphone, por sólo citar estas actividades cotidianas
y a menudo compulsivas cuyo único cometido es, básicamente, distraer nuestras
mentes. Dejémonos de razonamientos del estilo “es demasiado tarde,
es demasiado complicado, es demasiado difícil, es demasiado
peligroso, es imposible, no tengo tiempo, así no podré vivir, esto
no tiene futuro, no sirve para nada, no me saldrá, no puedo...”
que sólo suelen esconder una falta de voluntad. Todos y todas
tenemos capacidades y talentos. Escondidos o más visibles, en un
campo o en otro, entrenados o atrofiados. Permitamos pues que
afloren. Potenciémoslos, aprovechémoslos, desarrollémoslos.
¡Estamos aquí para esto, joder!
Haciendo lo que nos gusta
descubriremos que nuestros pensamientos ya no son como un mono que va
saltando de rama en rama o una vaca rumiando forraje, se detienen.
Que los conceptos de tiempo y de espacio desaparecen. Que los
interrogantes, siguiendo las palabras de Larry, se disuelven. Que
todo se vuelve un poco más placentero y fácil. Que así damos lo
mejor de nosotros porque tenemos una motivación, y no una
imposición. Que por ello nos vamos alimentando de una energía
nueva. Que las cosas van cobrando sentido y que si persistimos, poco a poco, aunque
no sea siempre sencillo y a veces muy difícil, el camino que queremos seguir resultará que no
sólo no es una ilusión, sino que es una posibilidad cada vez más
clara.
Hacer lo que nos gusta
es, además, la mejor manera de retornar a lo esencial y de
desprendernos de lo inútil, lo superfluo, lo innecesario y lo
pernicioso que hemos ido acumulando para compensar la falta de
sentido de nuestras vidas, comprendiendo que muy pocas cosas son
necesarias y que las mejores no cuestan nada. Esos pensamientos son
los que se manifiestan cuando los primeros pájaros pían en el
alféizar antes de la salida del sol y uno se levanta con la ilusión
de tener una jornada donde quizás no podrá hacer todo lo quiere,
cuando quiere y como quiere, pero desde luego, seguirá intentándolo
en este breve e irreemplazable regalo que es la vida.









