Haz lo que te gusta


La vida es un breve e irreemplazable regalo. Así que haz exactamente lo que te apetezca hacer, como te apetezca y cuando te apetezca. De lo contrario estarás malgastando tu vida y los talentos que te han sido dados.

Larry Desmedt


Acaba de anochecer. El viento barre las colinas y despeja el cielo que por la ventana se manifiesta majestuosamente estrellado. Más allá del silbido del aire que entrechoca con fuerza las ramas de los árboles no se oye nada. Hace fresquito y como la cosa no está para gastos suntuarios, la cómoda calefacción ha dado paso a la estufa de leña. Es lo que ofrece la Tierra, y el calor y olor naturales no tienen parangón. Tras depositar un buen tocón, inmediatamente presa de las llamas que calientan la estancia, un cosquilleo en el estómago recuerda que hay gazuza. La cena consiste en un poco de pan, aceite de los olivos de la última cosecha y nueces del otoño que, un año más, se han podrido por millares sin alma que las recoja.

Cascadas las nueces e ingerido el manjar, es hora de irse a dormir. No debe ser tarde, pero es de noche, y el cuerpo está cansado. Así que, ante la ausencia de aparatos electrónicos que distraigan del único cometido importante: dormir, uno se va a la cama. Y lo hace con la satisfacción de haber tenido un día donde, en toda sencillez, sin gastos y de manera sana y natural, ha podido hacer casi todo lo que quería, como quería y cuando quería. Una saludable actitud que debería ser de ordinaria administración pero que en nuestra cultura parece ser poco menos que un sacrilegio.

Herederos de una larga tradición judeocristiana del sacrificio y del sufrimiento, hoy en pos del éxito, del triunfo y del culto al ego, desde pequeños se nos impone que no somos nadie y que tenemos que disciplinarnos y formarnos para convertirnos en alguien en la vida. En alguien distinto de quien ya somos, claro. Así, la enseñanza, cuyo cometido es llenarnos como botellas de agua en vez de ayudarnos a crecer como flores a nuestra manera, - retomando la expresión del lingüista, filósofo e historiador Noam Chomsky- no nos orienta a definir nuestras particularidades, a fomentar nuestro tipo de inteligencia, a indagar en nuestra sensibilidad, a desarrollar nuestras características individuales, o a descubrir nuestras motivaciones e inclinaciones. A las antípodas del nosce te ipsum -conócete a ti mismo- escrito en el santuario de Delfos, somos moldeados, domesticados y adoctrinados en un programa común y homogéneo que, como explicó el filósofo alemán Max Stirner, nos convierte en rehenes de los valores del poder dominante, de forma a que acatemos estos sin discusión ni discernimiento, coincidan o no con lo que dicta la voz de nuestra conciencia.

Cada vez más desnaturalizados, nos vamos transformando en almacenes de conocimientos que debemos memorizar sin comprender, y que son siempre la experiencia de otra persona. Como tal, suelen entrar por una oreja y salir por la otra. Algunos pocos, los que utilizamos a diario permanecen en nuestra memoria, pero la mayoría los olvidamos porque no son el propio vivido. El propio vivido, aquello que sentimos en nuestras carnes es el saber, y eso ninguna escuela, colegio, instituto ni universidad lo puede enseñar. El saber se aprende necesariamente fuera de aulas sin contacto alguno con el entorno, donde conseguimos ser unos especialistas fantásticos, unos “asnos con diploma”, retomando el concepto de Sánchez Dragó, con millones de datos, teorías e informaciones pero sin una puñetera experiencia en la vida, criados como pollos en batería, incapaces de plantar un árbol, levantar una pared, pescar un besugo, enhebrar una aguja, distinguir un fruto comestible de un venenoso, reparar un grifo o movernos fuera de nuestras referencias.

No olvidemos en esta tarea la fundamental contribución de los grandes medios de entretenimiento e intoxicación, más conocidos como medios de comunicación, a los que uno ha aludido numerosas veces en sus textos, y la publicidad, que nos taladra el cerebro desde nuestro nacimiento en diarios, televisión, radios, prensa, revistas, internet, teléfonos móviles, correos electrónicos, paredes, cristaleras, paradas e interior de transportes públicos, pancartas, avioncitos en las playas, farolas, tiendas, vallas, fachadas, escaparates, comercios, carreteras, deportistas y, en general, todo nuestro mundo real y virtual, de la ceca a la meca, con la voluntad expresa y manifiesta de convertirnos en esclavos perpetuamente frustrados e insatisfechos que consuman sus productos, servicios o ideales. Si necesitan más detalles sobre esta obviedad, lean el libro 14,99€, del publicista Frédéric Beigbeder.

Así, por inercia, muchos de nosotros acabamos siendo lo que la sociedad o el entorno consideran aceptable y válido, o ejerciendo una profesión que no nos gusta ni nos llena en una vida que no nos satisface. Saturados, confusos y perdidos, ya no sabemos lo que hemos venido a hacer ni lo que realmente nos motiva. Y si lo sabemos, tenemos la impresión que llevarlo a cabo no sirve para nada, que no seremos capaces o que no podremos. Algo que parece acrecentarse en estos tiempos de penuria donde los impedimentos, ya sean físicos, materiales, personales, familiares, o sobre todo, económicos, van en aumento y las ataduras y exigencias de las que difícilmente podemos desprendernos monopolizan nuestras vidas.

Llegados al punto en que sentimos que cada día es igual, que no vamos a ningún sitio y que hemos perdido la ilusión por la vida, a lo mejor deberíamos cambiar de pautas y empezar a ejercer nuestros talentos para intentar acometer lo que nos hace vibrar, lo que nos permite sentirnos vivos, como reza la frase que introduce este texto y que debería servirnos de constante y lenitivo norte. Su autor llegó a tal dictamen con 55 años, después de haber pasado una parte de su infancia en un armario molido a palos, después de fugarse de su casa y tener que volver con el cadáver en brazos de su hermana asesinada, después de ser encerrado en la cárcel, y después de engancharse al alcohol y a la heroína cayendo lo más bajo que puede caer un ser humano, hasta acabar sin techo, sin dinero, sin dignidad y sin esperanza, desangrándose en la calle a punto de morir. Pero Larry Desmedt salió adelante. Afirmando que “las mayores atrocidades que ocurren en nuestras vidas, con retrospectiva se convierten en bendiciones”, este hombre supo aprovechar todas las situaciones que le fueron dadas para desarrollarse, aprender y conseguir vivir de una pasión que le aportó un reconocimiento mundial: la creación de motos clásicas. Un reflejo de su personalidad donde cada pieza, ya fuera mecánica, pintada, tapizada o grabada, tenía una enorme riqueza y complejidad de diseño, pero sobre todo, una funcionalidad expresa en un conjunto esencial y minimalista.

En cualquier caso, la fama no llegó tanto a Larry por la calidad de sus construcciones, sino por la humana. Entre su legión de admiradores, muchos de los cuales no habían conducido una moto clásica en sus vidas, los que mejor le conocían destacaban su enorme amabilidad, su total integridad, y una humildad que no perdió ni en el apogeo de su celebridad y que le hacía dedicar su tiempo, su atención y su sonrisa para ser útil a los demás. Pero sobre todo, la actitud de Larry posibilitó que conociera a su mujer y se casara con ella, dándole, según sus palabras, una enorme fuerza y algo en que creer. Inquieto y con un afán irrefrenable de saber, las dudas seguían formando parte del día a día de este artista. De hecho, le fascinaban tanto las incógnitas de la existencia, que el signo de interrogación devino su logo personal y comercial. Cómo él mismo explicaba: “Yo no sé nada de la vida excepto que es incierta. Así que intento sentirme cómodo con esto, no temerla, dejarme llevar por el misterio y centrarme en el momento. Cuando no lo consigo, cuando me asedian las preguntas y me encuentro demasiado confuso, cojo una de mis motos y me doy una vuelta. Entonces estoy exactamente en el instante y obtengo las respuestas exactas. Las respuestas correctas. Es como la meditación. Fluyo.”

Pues de eso se trata exactamente. De construir motos, componer, dibujar, inventar, viajar, hacer deporte, enseñar, crear, fabricar, producir, tocar la zambomba o escribir un texto como el que el aquí presente os está endilgando, es decir, dedicarnos a lo que nos dé la santa gana. Un hábito ancestral que ya quedó plasmado hace 4100 años por la civilización Mesopotámica, en uno de los textos más antiguos de la humanidad que se conservan, la Epopeya de Gilgamesh. También era cantado en fiestas y banquetes egipcios, incluidos los funerarios, como demuestran los versos del Canto del Arpista presentes en la tumba del faraón Interf hace 3600 años, y las escrituras del pensador griego Heródoto en su visita al país hace 2500. En el otro extremo del planeta, en China, Lao-Tse dijo lo suyo acerca del asunto en su Tao-Te-King, hace casi tres milenios. La escuela hindú Cārvāka surgida hace 2600 años basó su enseñanza en este principio. Volvieron a incidir en ello de distinta manera los griegos Demócrito, Arístipo y su escuela cirenaica luego, y Epicuro y el sistema filosófico que lleva su nombre después. Lo afirmó San Agustín, hace 1700 años y fue uno de los leitmotiv del Falansterio de Gargantúa que Rabelais escribió hace 600. Para agotar ya este repertorio, a fe nutrido pero ni mucho menos exhaustivo, recordaremos que Jeremy Bentham y John Stuart Mill adaptaron tal frase sapiencial a su escuela utilitarista en los siglos XVIII y XIX, y que su herencia ha llegado hasta hoy, de la mano de algún filósofo como Michel Onfray.

Dado que esta vida ya no la volveremos a vivir nunca más y que no sabemos lo que va a pasar mañana, ni simplemente luego, ¿Vamos a seguir caminando con apatía, resignación, pesadumbre y amargura? Que cara de tontos se nos pondrá si nos tenemos de despedir dándonos cuenta que ni siquiera hemos intentado realizar aquello que nos apasionaba. Quitémonos pues algunos pesos de encima y démosle un poco de sentido, de ilusión, de entusiasmo y de alegría haciendo lo que nos gusta, aunque sean unos minutos al día. Una fracción de esos que utilizamos en matar el tiempo o en invertirlo en chorradas como mirar la televisión, internet o el smartphone, por sólo citar estas actividades cotidianas y a menudo compulsivas cuyo único cometido es, básicamente, distraer nuestras mentes. Dejémonos de razonamientos del estilo “es demasiado tarde, es demasiado complicado, es demasiado difícil, es demasiado peligroso, es imposible, no tengo tiempo, así no podré vivir, esto no tiene futuro, no sirve para nada, no me saldrá, no puedo...” que sólo suelen esconder una falta de voluntad. Todos y todas tenemos capacidades y talentos. Escondidos o más visibles, en un campo o en otro, entrenados o atrofiados. Permitamos pues que afloren. Potenciémoslos, aprovechémoslos, desarrollémoslos. ¡Estamos aquí para esto, joder!

Haciendo lo que nos gusta descubriremos que nuestros pensamientos ya no son como un mono que va saltando de rama en rama o una vaca rumiando forraje, se detienen. Que los conceptos de tiempo y de espacio desaparecen. Que los interrogantes, siguiendo las palabras de Larry, se disuelven. Que todo se vuelve un poco más placentero y fácil. Que así damos lo mejor de nosotros porque tenemos una motivación, y no una imposición. Que por ello nos vamos alimentando de una energía nueva. Que las cosas van cobrando sentido y que si persistimos, poco a poco, aunque no sea siempre sencillo y a veces muy difícil, el camino que queremos seguir resultará que no sólo no es una ilusión, sino que es una posibilidad cada vez más clara.

Hacer lo que nos gusta es, además, la mejor manera de retornar a lo esencial y de desprendernos de lo inútil, lo superfluo, lo innecesario y lo pernicioso que hemos ido acumulando para compensar la falta de sentido de nuestras vidas, comprendiendo que muy pocas cosas son necesarias y que las mejores no cuestan nada. Esos pensamientos son los que se manifiestan cuando los primeros pájaros pían en el alféizar antes de la salida del sol y uno se levanta con la ilusión de tener una jornada donde quizás no podrá hacer todo lo quiere, cuando quiere y como quiere, pero desde luego, seguirá intentándolo en este breve e irreemplazable regalo que es la vida.









haveapassion.com

Sigue tu pasión


Libertad - Szabadság


     Invierno. 15 grados bajo cero. Viento gélido. Todo helado. La oscuridad da paso a la penumbra durante unas pocas horas al día para reaparecer sumiendo de nuevo al paisaje en una noche eterna. El silencio mortal sólo es roto por el crujir de la nieve bajo los pies y por una vieja radio soviética que difunde, con su característico sonido crepitante, la voz de Stalin en bucle.

Detrás de la misma, encima de una gigantesca tribuna de cemento, las botas esculpidas del dictador. A la izquierda, una foto en color recuerda a cuatro jóvenes subidos al pie de éstas. Visten humildemente. Probablemente sean obreros. No tienen nombre. ¿Su edad? 25 años a lo sumo. Una bandera húngara ondea encima de las botas, más altas que cualquiera de ellos. Se han encaramado allí donde sólo unos meses antes los gerifaltes del régimen, bajo la mano tendida del dictador, saludaban al pueblo, que “voluntariamente” y “entusiastamente”, es decir, bajo amenaza de pena de muerte, había ido en masa a desfilar y a celebrar el liderazgo del jefe supremo. Pero resulta que ese mismo pueblo ha derribado su estatua y los cuatro jóvenes son ahora quienes saludan con sus boinas y sombreros. Sonríen. Pura, sincera y auténticamente. Felizmente liberados.

Los saludados, visibles en otra foto, son niños, abuelos, padres y madres de mismos orígenes humildes. Mezclan risas e incredulidad. Mientras Europa occidental se reconstruye en paz y democracia con el dinero y protección americanos, ellos sufren el terror, los campos de concentración, la tortura, la delación y la paranoia persecutoria del régimen comunista. Pero han decidido aparcar su miedo y luchar por la libertad sin perder su sentido el humor. Las bromas se suceden:

-“¿Cuándo será audible por primera vez la estatua de Stalin? Cuando hagan una campana con ella.
-¿Qué tendríamos que poner en el lugar de la estatua de Stalin? Una fuente, así los que han estado lamiéndole los pies se podrán lavar la boca.
-¿Quién es el que más desea que llegue Santa Claus? Stalin, sólo estamos en Octubre y ya tiene sus botas fuera.”

Pero la alegría es de corta duración. Llegan noticias de que la policía política está disparando y matando indiscriminadamente a los manifestantes concentrados frente al edificio de la radio. El pueblo corre hacia allá. Se vacían las armerías y se forman los comités. Los manifestantes pacíficos se han convertido en milicianos armados.

Parece que el frío ha congelado para siempre las heridas y el dolor en el elegante edificio de la radio. Agujeros de bala, de ametralladora y explosiones de granadas por toda la fachada dan fe del combate. Este empieza ahí mismo y se extiende por los demás puntos clave de Budapest: centrales telefónicas, diarios y estaciones de policía. La lucha se vuelve cada vez más encarnizada. Las barricadas se ponen en su sitio. Se fortifican cruces y avenidas importantes. Los policías y soldados que apoyan al pueblo sacan a la calle sus blindados, camiones de transporte, armas pesadas y cañones anticarro marcados con el escudo húngaro. Es la revolución

Se instalan improvisados hospitales y cada uno aporta lo que puede: comida, munición, armas, medicamentos, logística, camillas, instrucción, transporte, trabajo administrativo y su plena dedicación. Emerge la solidaridad: se depositan cajas en varios puntos de la ciudad donde cada uno deja la suma de dinero que puede para que las personas más necesitadas lo cojan, o para que se les distribuya. Nadie roba ni se apropia de nada. La revolución no tiene líder, movimiento político ni religioso que la apoye. Tampoco intereses partidistas. Es espontánea y no conoce edades ni clases sociales. Su único motivo es Szabadság: Libertad.

Las primeras tropas del todopoderoso ejército rojo llegan desafiantes con la intención de aplastar la revuelta. Pero a gritos de Ruszkik haza!, Oroszok Haza!, “¡Rusos Fuera!”, son acogidas por un inesperado fuego intenso de todas partes. Sus bajas son enormes. El pueblo aguanta tenazmente. Los tanques son inmovilizados a base de cócteles molotov lanzados desde esquinas y balcones, a veces hasta por niños. Algunos blindados son capturados intactos. Inmediatamente ocupados, se dirigen a todo gas allí donde les necesitan, poblados de milicianos enarbolando banderas con la hoz y el martillo arrancadas. Los edificios oficiales son saqueados. Enormes estrellas rojas descolgadas se hacen pedazos. Los convoyes soviéticos de suministro revientan. En un traqueteo incesante, las ametralladoras devoran la munición. Jóvenes, ancianos, policías y militares leales combaten en brigadas conjuntas. Al rojo vivo, los rifles disparan en todas partes. El fuego de los libros y la propaganda comunista quemados en las calles no deja de crecer. Es la guerra.

Ándrassy utca. Calle Ándrassy. Los Campos Elíseos de Budapest. Numero 60, edificio de la policía política. El olor a rancio y a encerrado corta la respiración del lúgubre y macabro sótano. El aire no se renueva, está podrido. Silencio total. No hay luz natural ni forma de alcanzarla. Es un mundo cerrado y hermético dentro de un telón de acero igual de impenetrable. Un mundo aparte. El que entra no sale. El techo de cemento es bajo y los corredores se dividen entre numerosas celdas. La policía política no ha tenido reparo en golpear ahí salvajemente a hombres, mujeres y ancianos. Cortados para siempre de sus seres queridos, sin posibilidad de comunicarse con ellos, esperan su fin. Quizás se acuerdan de las nana de su infancia: Ne félj, né félj. Én itt vagyok veled. "No tengas miedo, no tengas miedo, estoy aquí contigo." El miedo, probablemente no resienten otra cosa. Sus padres, madres, hermanas, abuelos o novias ya no están con ellos y ya no los abrazarán más. Nunca verán de nuevo la luz del sol. Nunca volverán a su hogar. La vida de los más afortunados se concentra en 60 centímetros de largo por 50 de ancho y 1.80 de alto, iluminados por una bombilla. Para los menos afortunados, un agujero sin luz donde ni siquiera pueden levantarse. Al fondo del pasillo, el final común: la horca.

Se oyen gritos en la calle, disparos y explosiones. Cada vez más. La policía política se defiende como puede disparando desde las ventanas, pero es insuficiente en número. Los soviéticos no han podido liberarles. Miles de milicianos que se concentran ahí ven llegar a los tanques capturados o que les son leales. Estos se posicionan. Un silencio de muerte. Un fantástico suspense. Los blindados giran su torreta lentamente. Apuntan. Y en un estruendo infernal impactan a bocajarro contra la fachada. Grupos de rebeldes armados llegan por todos lados, y entran en él. Sitiados, los miembros de la policía política que siguen con vida se rinden. El primero en hacerlo es un oficial. Se ríe. Ejecutado. Luego otro oficial de buen aspecto. Se queja y protesta. Los milicianos acaban con su vida. Seis jóvenes oficiales son los siguientes. Rápido argumento: “No somos tan malos como pensáis. Dadnos una oportunidad.” Todos caen como maíz cortado. “¡Esto por haber matado a nuestros hijos!” -grita una señora. (1)

Los rusos se retiran. El pueblo magiar entra en júbilo. Va a ser el primero dentro la esfera comunista en conseguir elecciones libres, democracia, justicia y libertad. El planeta asiste boquiabierto a la victoria momentánea de David contra Goliat. Pero es sin saber que los dirigentes del mundo libre han abandonado desde el principio a Hungría. La máxima de LaFontaine, “la Ley del más fuerte es siempre la mejor” se cumple. El ejército rojo aplasta la revuelta e instaura una atroz represión.

Uno de estos dirigentes, en concreto el de la OTAN, afirmó que la Revolución Húngara supuso un suicidio colectivo. Un suicidio colectivo que posibilitó en los años venideros, como se explica más extensamente en el texto Magyarország, (http://www.venimosdelejos.com/2012/09/magyaroszag.html) que la policía política cambiara de naturaleza y que la ciudadanía magiar viviera a años luz en niveles de libertad, democracia y posibilidades de consumo de cualquier otra dentro del telón de acero, disfrutando de una calidad de vida impensable en el mismo. Un suicidio colectivo que desacreditó ante el mundo entero el comunismo y que hizo que muchos intelectuales se replantearan sus ideas.  Uno de ellos fue Albert Camus, quien puso a Sartre en su sitio y escribió: “No soy de los que desean que el pueblo húngaro tome de nuevo las armas en una insurrección armada destinada a la aniquilación bajo los ojos de una sociedad internacional que ni siquiera le aplaudirá ni le llorará. Pero tampoco soy de los que piensa que puede haber un acomodamiento, incluso resignado, incluso provisional, con un régimen de terror que tiene tanto el derecho de llamarse socialista, como los verdugos de la inquisición cristianos. Hungría vencida y encadenada ha hecho más por la libertad y la justicia que ningún otro pueblo desde hace 20 años. Deseo que la resistencia húngara se mantenga hasta que el comunismo se hunda por todos lados en el este bajo el peso de sus mentiras y contradicciones.”
 Y así fue, el suicidio colectivo húngaro dio fuerzas a los países vecinos para liberarse poco a poco del yugo soviético, terminando con la caída del muro de Berlín y de toda la Unión. Un suicidio realizado por un pueblo que dio una lección al mundo entero de coraje, valentía, determinación y valor por la libertad, probablemente la palabra más prostituida, machacada, mancillada, abusada y explotada que exista.

Con el pretexto de la libertad se han cometido y se siguen cometiendo las peores atrocidades, que siempre quedan justificadas y legitimadas por el uso de ésta palabra. Con la excusa de la libertad se han derrocado y se siguen derrocando regímenes tiránicos para instaurar otros exactamente iguales de extremistas con una bandera distinta. Las guerras de religión se hicieron por la libertad, Lenin, Hitler, Franco, Castro, Mao, Pinochet o Pol Pot lucharon por la libertad, Estados Unidos atacó Iraq y lanzó Agente Naranja en Vietnam por la libertad, los judíos ultraortodoxos encierran a los palestinos detrás de un muro por la libertad, las milicias islámicas que imponen la sharia allí donde pueden lo hacen por la libertad.

Sin embargo, no es de la libertad partidista e interesada que hablamos aquí, tampoco de la libertad promovida por grupos de poder, ya sean religiosos o políticos, y menos de la libertad como medio para conseguir un fin por parte de unos revolucionarios que mañana se convierten en funcionarios igual de crueles que los anteriores. Hablamos de la libertad tal y como la definió Bakunin – un anarquista, por cierto - es decir, de la que acaba donde empieza la del prójimo. De la libertad por necesidad que desde hace demasiado sufre el pueblo sirio, el tibetano, el kurdo o los de los países de la Primavera Árabe, que ahora han de echar a los que se han atribuido sus méritos para instaurar una nueva dictadura. La misma sed de libertad que con inimaginable osadía impulsó a un ciudadano chino a plantarse delante de una fila de tanques en Tiananmen en 1989, y que gana en estos momentos a gran parte de la ciudadanía de éste país que está provocando que las autoridades pierdan el control.

Esa libertad por la que nuestros antepasados tanto lucharon para que nosotros y nosotras occidentales vivamos en un sistema donde podemos salir a la calle sin temor a ser detenidos, encarcelados o ejecutados sin explicación, donde no sabemos lo que es que desaparezca para siempre un familiar de la noche a la mañana, donde no conocemos las torturas, donde tenemos libertad de movimiento y de expresión, donde nuestras hijas, hermanas, mujeres y novias no son violadas con total impunidad. Esa libertad por la que los mismos consiguieron leyes, órganos de seguridad y tribunales para protegernos, representantes elegidos o que emanan de nosotros, educación y sanidad gratuitas, subsidios por desempleo y derechos sociales, entre otros lujos.

Lujos de los que ahora nos empezamos a dar cuenta cuando esa libertad se está restringiendo día a día,  más o menos sutilmente, a base de recortes, tijeretazos y austeridad impuestas por corruptos sin escrúpulos al servicio de sus propios intereses, y por una ola de privatizaciones que machaca todos los servicios públicos y derechos que creíamos intrínsecos a la vida. Hemos vivido durante décadas en la seguridad que la democracia era eterna y que se mantenía por si misma, tan natural como la vida misma. Pero es que resulta que la democracia no es un derecho absoluto. Es un deber. Porque no hay libertad sin responsabilidad, la democracia, perfectible sin duda alguna y con todos sus defectos, no se mantiene por ella misma. No es un una verdad inamovible. Ahora que está siendo desmantelada bajo nuestras narices, más que nunca es hora de mimarla, protegerla y conservarla.

Somos, como reza el encabezado de esta web, el resultado de lo que hemos heredado y de lo que han sido nuestros padres y antepasados. Llevamos un legado que debemos seguir y ante el cual somos responsables. El olvido y la ignorancia histórica son una de las cosas más peligrosas que existen. Queriendo echar arena encima del pasado, cubriéndolo para que no salga nunca a flote, o simplemente desinteresándonos de él, cometemos un gran error. Quien no conoce su pasado no se conoce. Nos olvidamos que la miseria y la precariedad son caldo de cultivo para los extremismos de todo tipo. Nos olvidamos que estos están liderados por salvapatrias que siempre encuentran en la desesperación de la ciudadanía su mejor apoyo, y en la inventada culpabilidad de un determinado colectivo, su mejor política. Nos olvidamos que de ello a la guerra hay un paso muy pequeño.

Una parte de la familia francesa del que aquí escribe tuvo que vivir en 1940 la humillación de ver su tierra ocupada por tropas alemanas. El armisticio de Pétain era una farsa. “¡Ni hablar!” dijeron, iban a combatir, no sabían como, pero afirmaron: “no viviremos de rodillas, vamos a luchar.” Algunos se jugaron la vida dando cobijo a judíos y recibiendo visitas de la Gestapo, otros se fueron al maquis, unos pocos acabaron en campos de concentración. Pero no tiraron la toalla, vivieron con el miedo, el horror y el terror para salir adelante, guardando un ápice de amor y de esperanza por la vida y por esta especie para hacer posible que sus hijos y nietos crecieran en un mundo más humano.

Las condiciones con las que tuvieron que lidiar nuestros antepasados fueron duras, muy duras, a veces atroces, impensables para la mayoría de nosotros nacidos en democracia. Las condiciones que hoy, ahora mismo, afrontan millones de personas en el mundo lo son, por lo menos, tanto. Así que por muy grave que sea la crisis, y lo es, que nadie diga que lo que tenemos ahora en las sociedades occidentales es peor. No lo es. Nosotros no hemos de coger las armas y ver nuestro hogar destruido. No tenemos que acabar llorando en la tumba de los nuestros. No tenemos que arrastrarnos con un cuerpo amputado sin posibilidad de cuidados médicos. No tenemos que emigrar para huir la persecución o la represión. Eso ya lo han sufrido y lo están sufriendo muchos otros para que, como dijo Roberto Benigni en la entrega de su Óscar, algunos privilegiados podamos decir que “La vida es bella”.

El inglés John Doone escribió: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la Tierra. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad. Por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas. Doblan por ti.”. Para vivir en un mundo donde no reine la indiferencia, el odio y el egoísmo, y sí la solidaridad y el altruismo, debemos ser los primeros en adoptar estas actitudes y predicar con el ejemplo. El cambio global sólo puede ser fruto de una multitud de cambios individuales. Que el planeta en el que vivamos y en el que crezcan nuestros predecesores sea mejor, depende sólo de nosotros. Lo demás son excusas y mala fe.

Si no entendemos y aplicamos esto, la Historia volverá a ser un eterno comienzo y, una vez más, deberemos pagar con nuestro dolor la pérdida de una libertad que no hemos sabido mantener. Y eso sería más que grave. Sería imperdonable.









                      Kárpátia - Neveket Akarok Hallani - "Quiero escuchar los nombres"



Ezen irást tiszteletem jeléül ajánlom azoknak, akik követendő példát mutattak bátorságból az egész világnak; a magyar népnek és mindazoknak, akik napjainkban is küzdenek a szabadságért.


(1) John Sadovy - Life - 1956

Responsabilidad


     Hasta hace bien poco, si bien los poderosos encargados de regir a la ciudadanía no suscitaban en la concurrencia la admiración de la misma, tampoco eran personajillos de mal ver. Sus especulaciones, servilismo, hipocresía, mezquinería, descaro, estafas, corrupción, negocios poco lícitos, fraude fiscal y vida ostentosa, amén de otros comportamientos que sería relativo pormenorizar, solían ser tolerados y hasta imitados por una gran parte de nosotros.

Ese era el tiempo, recordémoslo, en que muchos desdeñábamos a los que venían a realizar trabajos que considerábamos demasiado ímprobos para nuestra categoría. El tiempo donde los créditos se concedían gustosamente a varios años y hasta a medias centurias para pagar los Mercedes que incluso el paleta de turno conducía, o para adquirir residencias secundarias en las costas destrozadas por la especulación inmobiliaria.

Pero ese tiempo hoy ha terminado. Una gran parte de nosotros no puede ni siquiera realizar aquellos empleos que hasta hace poco consideraba indignos, los Mercedes han desaparecido de las obras, las obras han desaparecido simplemente, y las residencias están en manos de los bancos. Ahora, que hemos pasado de pasivos espectadores a perplejos protagonistas de cómo el sistema que nos habían vendido como la panacea se derrumba, y vemos cómo la penuria es el gólgota al que se someten cada día más y más personas, resulta que todo ha sido culpa de los de arriba.
La ira popular crece y cada día suenan y resuenan con más fuerza e intensidad las voces que piden acabar con los responsables de esto. Hasta tal punto que, dicho sin ambages, a muchos nos llevaría un decir Jesús e idéntico lapso zanjar la vida de alguno de nuestros dirigentes como la de un malogrado italiano cuya calvorota lironda, colgada de una plaza pública, fue atizada a bastonazos hasta convertirse en puré.

Pero pongamos coto a tanta furia y recordemos que sin nuestro apoyo masivo o silencio cómplice, ninguno de los mandamases de la peor calaña que sigue poblando estas tierras hubiera llegado al poder ni seguiría aferrado a él. Tengan estos una agraciada estampa o un aspecto porcino, una labia fácil o una verborrea indigesta, sean primerizos en el reino del abuso, o curtidos vejestorios a quienes sólo les queda vender a su madre, la realidad dura de admitir es que todos y todas forman parte de un juego democrático que hemos aceptado, o cuyas reglas y funcionamiento, mientras todo iba bien, no hemos puesto con demasiada vehemencia en tela de juicio.

Según la mitología, Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza, y según la realidad palpable, nosotros hemos hecho lo mismo con los que están en el poder. Si estos, en la luz o en la sombra, por vía oficial u oficiosa, enchufados o entronados, destacan en muchos casos por ser el eslabón perdido entre el hombre de neandertal y el homo sapiens, tartufos que ejecutan cualquier orden con displicencia aunque suponga la ruina de millones de personas, o terroristas trajeados que valoran tan positivamente una venta millonaria de armas como que un policía le saque un ojo con una pelota de goma a una mujer, es más que remotamente posible que tengamos algo que ver con el asunto. Y es que, como dijo el filósofo y político francés Joseph de Maistre, cada nación tiene a los gobernantes que se merece. Veamos por qué:

Nos quejamos que los gerifaltes no saben gestionar nada, cuando una gran parte de nosotros no ha sido capaz ni de hacer lo propio con su bolsillo, esclavizándose a los susodichos bancos que bien untuosos de modales nos vinieron al pelo para financiar aquello que deseábamos, y que ahora, malditos villanos ellos, se han quedado con todo. Si, recordemos que poco tiempo ha pasado desde que consumíamos con poca moderación y acumulábamos bienes sin refreno, sumándole al piso o casa, (o los dos a la vez); el coche, el viaje, la ropa de marca, la televisión de plasma, el último modelo de móvil, el ordenador, el portátil, el tablet y demás bienes cuya longevidad a duras penas excedía los dos años. Todo ello, por no mencionar actitudes igual de dispendiosas y bien arraigadas como desayunar y comer sistemáticamente en bares y restaurantes, o salir varias veces por semana pagando por un cubata un precio equivalente a cinco kilos de arroz, cuando no diez.

Nos quejamos de que los gobernantes son unos incultos mientras nos enorgullecemos de los logros de unos deportistas podridos de dinero en paraísos fiscales, patrocinados por entidades de dudosa, cuando no de nula catadura moral, cuyo única razón de ser es el lucro. (Para más información sobre el tema: http://www.venimosdelejos.com/2011/11/idolos.html)
Y cuando no divinizamos a los deportistas, lo hacemos con los famosetes presentes a todas horas en la telemierda, y como dijo Sánchez Dragó, perdonen la palabra exactísima, pero la basura se recicla, y la mierda no. Esta expresión poco prosaica pero harto certera, porque basta ya de eufemismos y de tonterías, se aplica a casi toda la programación que este aparatejo emite y cuya comida de tarro y lavado de cerebro constantes, son consumidos inocente y abundantemente como un alegre entretenimiento.

Nos quejamos que los políticos no tienen estudios ni saben hablar idiomas cuando estos lares poseen uno de los peores sistemas educativos del mundo supuestamente civilizado; sólo un 70% de nosotros tiene estudios universitarios y ni siquiera un 50% habla otra lengua más que la propia, que además, suele ir ligada a faltas de ortografía y de gramática abismales. Hasta hace unos años, eran habituales comentarios del siguiente tenor: “¿Para qué estudiar? Eso no da pasta”. La única formación bien vista era la relacionada con el sacrosanto camino del dinero y seguir cualquier otra iba unida a jacarandosas réplicas de un cariz similar a: “Esto no sirve para nada, te morirías de hambre”. Y cuando uno, pese a todo, conseguía hacer aquello que le gustaba, la única solución que le solía quedar para progresar era el exilio.

Nos quejamos que los políticos pasan de todo cuando, mientras en horizontes vecinos la corrupción descarada por parte de uno de ellos provocaba una enorme indignación nacional, unida a un debate donde participaban medios de comunicación, escolares, universitarios, profesores y profesionales, en estas tierras del laissez-faire los autores de hazañas de semejante calibre eran a menudo merecedores de alegres vítores y alabanzas. No se podía generar ningún debate profundo, y menos un consenso que mostrara un rechazo unánime, porque la división que tanto ponemos en boca de los que mandan, es la bandera nacional, territorial, ideológica, religiosa y por supuesto, futbolística, de este país.

Nos quejamos que los políticos han pasado su vida ascendiendo los escalafones de la servidumbre y no hacen nada más que chupar del bote gracias su nulo criterio e iniciativa, cuando seguimos acumulando sinecuras en diputaciones, comarcas, ayuntamientos, autonomías, comunidades y demás niveles de inutilidad e ineficiencia. Hoy, el sueño de gran parte de la ciudadanía sigue siendo ser funcionaria y tener un trabajo, si bien estable, aburrido, monótono y sin incentivos donde no tengan cabida las ideas ni el ingenio. Y es que, como bien dijo recientemente el humorista Forges, la brillantez del otro sigue provocando recelo, la creatividad sigue siendo marginada –cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada.

Por lo tanto, sí, la inmensa mayoría de personas en el poder pertenece al inmobilismo, al arcaismo y a la ranciedad propias de un modelo acabado. Sí, son los abanderados de este modelo que defienden a capa y espada. Sí, no se enteran de que las cosas están cambiando, o no se quieren enterar, viven en una dimensión paralela, en un universo aparte, con sus propias reglas, incapaces de salir de la jaula del circo en la que están metidos. Exactamente igual que nosotros, que les seguimos dando nuestro apoyo y confianza, ya sea poniendo dinero en sus bancos, confiando en sus medios de comunicación, escuchando sus discursos o votándoles, hasta ofrecerles, para guinda del pastel, una mayoría absoluta. Manda huevos. Si este, como también mencionó Forges, no es un país mediocre que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de la mediocridad hasta hacerla la gran aspiración nacional, levanten la mano.

Así pues, pese a que “siempre es más cómodo tener algún culpable que nos salva de buscar responsabilidades en nosotros mismos por todo lo que no nos agrada en nuestras vidas”, como dijo el escritor Herman Hesse, ya va siendo hora de dejar de culpar a los dirigentes por esta situación, que no ha aparecido por arte de magia, ni de la noche a la mañana. Nuestros problemas no se terminarán cambiando una rosa por una gaviota ni con huelgas generales que sólo nos perjudican y nos hacen cabrearnos los unos con los otros. Tampoco lo harán aferrándonos a lo que teníamos, a lo que nos prometieron y a lo que alimentamos. Y menos diciendo que todo está mal, leyendo hasta la saciedad noticias que anuncian el cataclismo y que acumulan datos negativos sin cesar. Lo harán cuando cada uno de nosotros y de nosotras seamos aquello que queremos en el mundo y dejemos de aplicar el “ande yo caliente y ríase la gente”, mirarnos el ombligo, pensar sólo en el beneficio propio, defender egoístamente nuestros propios intereses, y basarnos en un sectarismo rancio, cualquiera que sea su naturaleza, que nos hace lavarnos las manos con el sufrimiento que tenemos delante.

Iniciativas ciudadanas espontáneas y muy loables están surgiendo, y pinceladas de altruismo y solidaridad se manifiestan cada vez con más frecuencia, desde propietarios que donan sus pisos desocupados a quienes viven en la calle, pasando por los jueces que rechazan ejecutar el desahucio de los que van a tener que irse a esta, y continuando por todas las personas que ponen su grano de arena, su tiempo, su cariño, o una parte de sus medios, para ser de utilidad a los que lo necesitan. La ayuda mutua gana intensidad en estos tiempos de crisis, palabra que proviene, por cierto, del griego κρισις, “krisi”, que significa cambio, transformación. Y eso es lo que debemos hacer. No se trata de convertirnos en nada ni adoptar ningún comportamiento, actitud o acción que no nos sea propio, puesto que tenemos todo lo que nos hace falta dentro para ser quienes deseamos ser. Sólo necesitamos la buena fe y la voluntad de observarnos, ser honestos y sinceros con nosotros mismos, y comprender qué hemos hecho para llegar hasta aquí de manera a salir adelante sin echar las culpas a nadie.

Haciendo un serio y riguroso ejercicio de autocrítica nos daremos cuenta que sólo podemos imputar nuestro estado actual a las decisiones, al camino o a las actitudes que hemos tomado y adoptado hasta hoy, por mucho que nos pese. Conocernos como individuos y escuchar nuestras necesidades como tales es el paso previo e indispensable para poder dar lo mejor de nosotros mismos y realizar con constancia y dedicación lo que sale de nuestro corazón. Así aportaremos lo mejor a la colectividad y comprenderemos sus necesidades, puesto que no existe diferencia entre “nosotros” y “los demás”: lo que hacemos a los demás nos lo estamos haciendo a nosotros, y nuestro comportamiento con nosotros es exactamente el mismo que con los demás. Si todos fuéramos capaces de entender y de aplicar esto, no haría falta políticos.

La oportunidad que nos es dada es enorme, única y excepcional, y todos y todas tenemos la tarea y el deber de llevarla a cabo. Sonriamos y continuemos, está en nuestras manos.


La has liado, te toca limpiar.
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Ecce Femina


     Era un tórrido día de verano. El calor abrasador que daba un tono grisáceo a los árboles y a las áridas llanuras que acumulaban el polvo, sólo era soportable en el interior de una pequeña ermita que hacía la temperatura más llevadera. En ella se alternaban figuras religiosas en precario estado, pero una en concreto llamaba especialmente la atención. Se trataba de un Cristo algo deformado, cuyo estado difícilmente se podía imputar a la humedad reinante.

De repente, el apacible y desértico paisaje se transformó en un constante bullicio donde camiones con antenitas de todo tipo llegaban ininterrumpidamente, seguidos de turistas blancos, negros y de ojos rasgados que saturaban autobuses fletados para tal efeméride. A los pocos días, la restauración de ese Cristo había dado la vuelta al mundo, convirtiéndose, cuestiones estéticas aparte, en el icono que es hoy.

Más allá de todo el jaleo mediático, lo bello del caso del Ecce Homo es que nació de la no-intencionalidad, o, para retomar un concepto oriental que Lao-Tse definió hace 2600 años, de la no-acción. Por Wu-Wei, o no-acción, no se tiene que entender quedarse tumbado a la bartola en el sofá esperando que las cosas caigan del cielo. No, no confundamos no-acción con pereza. No-acción quiere decir estar activo, pero sin dirigir nuestras acciones hacia una meta concreta con el objetivo de conquistarla. No-acción significa seguir nuestra intuición y acometer con constancia y dedicación aquello que sentimos es lo correcto, lo que sale de nuestro interior, aunque no sepamos a dónde nos va a llevar, sin esperar nada, sin buscar respuesta, sin aguardar recompensa, y sin desear un resultado.

Y esa actitud fue exactamente la que adoptó la creadora del Ecce-Homo. Si esa mujer hubiera ejercido la acción, es decir, si se hubiera esforzado en realizar concienzudamente una restauración fiel al insulso original, buscando copiarlo con la mayor precisión posible, todo seguiría igual. Ni ella podría ahora tener una plácida jubilación, ni su pueblo estaría obteniendo unos buenos ingresos y un renombre mundial sin hacer absolutamente nada, a diferencia de algún ayuntamiento vecino que se ha gastado una fortuna en campañas publicitarias, estudios de mercado y eslóganes para un resultado irrisorio en comparación con los efectos del Ecce-Homo.

¿Tiene algo que ver la no-acción con el hecho que la restauradora de ese Cristo fuera una mujer? Lao-Tse estableció la relación entre una y otra, afirmando con aplastante evidencia que la no-acción es lo natural, y que no hay fenómeno más natural que la mujer. Y no hace falta ser un erudito ni un sabio para comprobar esto. ¿Hacia dónde fluye un río? Simplemente fluye, no se lo pregunta. No intenta cambiar su curso, no actúa. Pero sigue fluyendo, vivo, llegando donde tiene que llegar. Un árbol confía en que la tierra y el cielo le darán lo que necesita para vivir, no quiere modificar nada. Y así, crece, se desarrolla, permite la vida y contribuye a ella. Un animal, por su parte, está satisfecho con su condición, conoce sus fortalezas y sus debilidades, y, excepto en las fábulas de La Fontaine, no intenta ser lo que no es. Ningún elemento natural ni vegetal intenta cambiar nada ni actuar, porque están contentos y no tienen deseos, no existe para ellos el futuro y, por eso, no conocen lo que es la tensión.

Pero si bien es cierto que el dominio de la no-acción no es coto exclusivo de la mujer, y por antítesis, que el monopolio de la acción no pertenece al hombre, ella se caracteriza más por ésta que él. Al fin y al cabo es la mujer quien crea la vida desde su interior. ¿Y cómo? Desde la no-acción. Dejando que todo ocurra dentro de ella, sin intervenir. El hombre hace, la mujer deja que suceda. El hombre entra, la mujer permite. El hombre es agresión, la mujer es receptividad. El hombre es duro y rígido, la mujer blanda y adaptable. Y lo más bello le ocurre a ella, es ella quien queda embarazada. Por eso es una parte más fundamental de la vida que él. Porque está más cerca de la naturaleza, la mujer es más capaz de vivir en armonía consigo misma que el hombre, y no necesita, en general -luego llegaremos a las excepciones-, cambiar las cosas.

El hombre, en cambio, es un perpetuo insatisfecho. Profundamente desequilibrado, es poco capaz de sentarse y ser. Siempre le falta algo, siempre tiene que conseguir alguna cosa, siempre tiene algo que cambiar, siempre tiene que probar que es, siempre tiene que ejercer la acción. Por eso sus necesidades no son simples, está tenso, y a diferencia de la mujer, ha necesitado y sigue necesitando hacer grandes cosas: ser un gran líder, un guerrero, un conquistador, un famoso aventurero, un reconocido científico, un importante comerciante o un célebre artista. Es él quien ha creado religiones o corrientes de pensamiento, quien ha aglutinado masas, descubierto cosas, ido a la luna, escalado cimas, surcado los cuatro mares, construido inventos o edificios de todo tipo, saltado desde muy alto, recorrido grandes distancias y competido sistemáticamente, en una arena, un estadio o circuito.

La mujer, en cambio, no se ha caracterizado por nada de eso ¿Para qué? ¿Para qué destacar o poner su vida en riesgo innecesariamente? Es sólo en nuestra era postmoderna que las féminas hacen gala de estos atributos masculinos adquiridos durante el proceso de liberación de una Historia esencialmente patriarcal, que les ha supuesto ser marginadas, cuando no quemadas en un brasero, abusadas, violadas, torturadas, rebajadas, mutiladas o diezmadas. Pero en vez de conservar su enorme y envidiable fuerza, su feminidad, muchas mujeres se han pasado al otro extremo queriendo demostrar que son iguales, sino mejores, a los hombres. Actuando así, han absorbido la personalidad de éstos y han perdido su naturaleza y su esencia, volviéndose duras, fuertes, agresivas y violentas. Ahí está la soldado que posó sonriente con presos afganos atados como perros en la cárcel de Abu Ghraib, las analfabetas que exhiben sus complejos gritando e insultando en programas y revistas del corazón, las deportistas de élite andróginas que se han adentrado en el circo de la competición, o todas las féminas que empiezan a poblar las altas esferas de los órganos de poder alrededor del mundo, del nombre y tipo que sean, merced, como sus homólogos masculinos, a su servilismo, mezquinidad, codicia y ausencia de ética.

Esto es lo que el cantante francés Renaud denunció en su tema Miss Maggie, una oda a las mujeres donde comparaba a la Primera Ministra Británica Margaret Thatcher con los principales responsables de la mayoría de estupideces y atrocidades cometidas a lo largo de la Historia: los hombres. Hay que decir que la canción dista de ser puntillosa, y lo que pierde en eufemismos lo gana en efectividad. He aquí un extracto traducido sin aderezos ni enmiendas, y también, por desgracia, sin las excelentes rimas del francés:

Mujer te quiero porque cuando el deporte se convierte en una guerra
No hay chicas, o muy pocas en las hordas de hinchas. 
Mujer te quiero porque con un coche entre las manos 
no te vuelves tan idiota como estos pobres tarados que se golpean. 
Mujer te quiero porque no vas a morir a la guerra, 
porque la visión de un arma de fuego no hace estremecer tus ovarios. 
Porque entre los cazadores que se cargan a las tórtolas 
y ocasionalmente a los árabes, nunca he visto una hembra. 
Ninguna mujer es lo bastante patética para sacar brillo a un revolver 
y sentirse invulnerable, a parte, por supuesto, de la señora Thatcher. 
Palestinos, judíos y armenios dan testimonio desde el fondo de sus tumbas 
que un genocidio es masculino como un SS o un torero. 
No es del cerebro femenino que ha surgido la bomba atómica 
y ninguna mujer tiene en las manos la sangre de los indios Americanos. 
En esta jodida humanidad los asesinos son todos hermanos, 
ninguna mujer para rivalizar, a parte, por supuesto, de la señora Thatcher. 

Y es que, pese a todos los cambios acontecidos desde que la mujer ha empezado a tener, en algunos países, cierta igualdad de derechos con respecto al hombre, vivimos aún en una época masculinizada. No sólo por la evidencia que son los hombres los que siguen copando y estando a la cabeza de los ejércitos, partidos políticos, grandes corporaciones, organismos internacionales, poderes judiciales y religiosos, jefaturas de estados, bancos, equipos deportivos y la mayoría de áreas de influencia. Sino por una educación que potencia exclusivamente la parte masculina que ambos sexos tenemos por igual, el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro. Así, desde pequeños se nos ha enseñado solamente a utilizar la lógica, la razón, el análisis, el control, la organización y el pragmatismo, de los cuales derivan los ideales de competitividad, el “hacer”, “conquistar”, “conseguir” y “lograr”, a base de “esfuerzo” y del “sudor de nuestra frente.” Como dice Osho en su libro Los Tres Tesoros, todo este vocabulario de la acción que se nos ha inculcado con machaconería, nos ha llevado a generar y a sustentar ese concepto tan falsamente anclado en nosotros que es el ego.

Anulando el hemisferio derecho, la energía femenina, las intuiciones, la creatividad, la integración o las percepciones, hemos reducido drásticamente la posibilidad de dejarnos llevar, de confiar en nosotros llevando a cabo lo que sentimos, y de maravillarnos por lo inesperado y por los imprevistos, generalmente asociados a desgracias. Gracias a un sistema de la acción que nos ha metido con un embudo que ahora nada está bien, y que por lo tanto, tenemos que organizar, preparar, prever, anticipar e intervenir en todo momento para que las cosas ocurran como queramos, hemos alimentado los deseos, y con ellos, la frustración y la angustia que dominan la sociedad actual por no poder alcanzarlos. Pero este modelo ha caducado y la presente crisis no es sino la demostración de todo ello. Porque la propia búsqueda y el perseguir metas nos impide ver todo lo que nos rodea, nos cierra y nos limita sólo a lo que queremos encontrar, quizás vaya siendo hora, seamos hombres o mujeres, de volver a la esencia femenina, la natural, la de vivir trazando nuestro camino, sin apuntar a objetivos determinados, sin perseguir metas y sin esperar resultados.

No es algo sencillo, puesto que el ego siempre está ahí, fortalecido por años de lucha y permanentemente insatisfecho, exigiéndonos hacerlo mejor, pelear más, insistir una y otra vez, argumentando que si lo hacemos con más empeño lo conseguiremos, y que si no, fracasaremos y perderemos una oportunidad. Por eso, dediquémonos a aquello que nos hace vibrar. Nos daremos cuenta que es precisamente entonces cuando, plenamente activos, pero sin luchar y sin forzar,  y, por lo tanto, sin dificultades, resistencia, esfuerzo, ni imposiciones, es decir, desde la no-acción, más haremos. En esos instantes en los que el ego se esfuma y permanecemos en silencio y en paz, comprenderemos que todo funciona perfectamente sin que nos entrometamos y sin que causemos tanto alboroto. Al fin y al cabo, si nos llamamos "seres humanos" y no "hacedores humanos", quizás sea porque en realidad no hace falta hacer tanto, y sí, en cambio, dejarse llevar para experimentar que todo está haciéndose, todo está ocurriendo, todo está sucediendo.



Magyarország



     Una etnia nómada proveniente de los bosques situados entre la mitad del rio Volga y los montes Urales, en Siberia occidental, empezó un largo viaje alrededor del año 4000 a. C. Mientras un grupo se dirigió hacia las actuales Finlandia y Estonia, otro partió hacia las llanuras rusas, donde pasó de practicar la caza y la pesca a una ganadería primitiva que le llevó, poco a poco, a desarrollar unas grandes dotes ecuestres. Alrededor del año 500 a. C., este grupo siguió moviéndose hacia Asia Central, y siglos más tarde, llegó al río Don, en Ucrania. Allí, sus pobladores vivieron entre diferentes grupos en una alianza tribal llamada on-ogur, es decir, “los diez pueblos”, nombre del cual desciende el país que hoy habitan: Hungría. 

Aunque es común confundirlos con los Hunos, lo cierto es que los húngaros llegaron a su actual territorio 450 años más tarde de que las hordas de Attila lo ocuparan. Fue en el año 885 d. C., donde se instalaron tras haber sido expulsados por los turcos de los asentamientos que ocupaban entonces en la desembocadura del Danubio en el Mar Negro. Entonces, por primera vez en su historia reunidos y unificados bajo el control de Árpad, su comandante militar, conocido como el padre de la nación cuya dinastía gobernó el país hasta 1308, los húngaros conquistaron toda Europa central. Gracias a su inmensa habilidad para cabalgar y disparar, -un rezo cristiano en aquellos años era: “Oh señor sálvanos de las flechas de los húngaros”- llegaron hasta España, Alemania del norte y el sur de Italia, arrasándolo todo a su paso.

Esta peculiar pueblo, que se refiere a sí mismo como "magiar" - palabra cuyo origen no tiene aún un consenso establecido- tuvo, en los siglos siguientes, numerosos cambios, influencias, alianzas e invasiones. Desde la conversión al catolicismo, pasando por el ducado de Anjou, los mongoles, los turcos, la familia de los Habsburgo, Austria, la Alemania nazi o la Unión Soviética, Hungría es una nación de una fascinante y riquísima historia, y de una potencial cultural inimaginable. Su idioma es quizás la herencia más directa de su ancestral y oscuro pasado. De orígen urálico, como el finlandés o el estonio, pertenece más específicamente a la rama de las lenguas úgricas, que sólo cuenta con dos otros idiomas, casi extintos, llamados Kanthy y Mansi, hablados precisamente en Siberia occidental. A primera vista incomprensible e ininteligible, el magiar es un idioma de un pragmatismo similar al inglés: no existe el género masculino ni femenino. Como el español, el orden de las palabras no está establecido por unas reglas fijas, sino que se rige por la importancia que se le quiera dar a una determinada parte de la frase. Su vocabulario es aglutinante, es decir, las palabras se forman uniendo a la raíz uno o varios sufijos, tal y como ocurre en alemán, por lo que este puede ampliarse. Además, es un idioma cuyos vocablos tienen un sentido muy claro y evocador. Por ejemplo, fíver, hermano, significa “chico de sangre”, nővér, hermana, es “chica de sangre”, pero, testvér, “cuerpo de sangre”, puede usarse para nombrar uno u otro parentesco. Entre los muchos términos elocuentes por su belleza encontramos folýo, río, que significa “aquello que fluye”, o el término nap, utilizado para calificar indistintamente el sol o el día de la semana.

El magiar es hoy la lengua no indoeuropea más hablada en Europa, tiene entre catorce y quince millones de parlantes pero sólo diez dentro de Hungría. Esto se debe principalmente al Tratado de Trianon, que en junio de 1920, los aliados victoriosos de la Primera Guerra Mundial impusieron a Hungría. El país magiar perdió las dos terceras partes de su territorio, la totalidad de sus minas de oro, plata, mercurio, cobre y sal, y entre el 55% y el 65% de sus bosques, vías férreas, plantas industriales, canales, instituciones bancarias y tierras cultivables, según escribe Domokos Kosáry en el libro Historia de la Nación Húngara. Pero sobre todo, con este recorte de fronteras, un magiar de cada tres dejó de vivir en Hungría, y pasó, de un plumazo y sin ser consultado, a ser rumano, yugoslavo o checoslovaco. Hoy, la minoría étnica más importante de Europa es la magiar en Rumanía: 1.4 millones de personas. En cuanto a la población del sur de Eslovaquia está compuesta por 61% de húngaros étnicos. Trianon es una verdadera herida abierta para Hungría, que sigue usando el nombre original de las ciudades que antes pertenecían a su territorio. Así, a un niño magiar se le enseñará que Bratislava se llama Pozsony, y que Timișoara, en Rumanía, sigue siendo Temesvár. De hecho, por las calles aún se ven algunos grafitis pidiendo el retorno a las fronteras de 1920, jóvenes con parches de la vieja Hungría pegados en sus mochilas, o automóviles ornados con la frase Nem, nem, soha, mindent vissza! Es decir: “No, no, nunca, ¡devolvedlo todo!”

En cualquier caso, con cuatro niveles distintos de cortesía en su idioma, los magiares destacan por su gran educación. Por lo general, son discretos y reservados, tanto, que incluso en pequeños pueblos es difícil ver a las personas saludarse por le calle. Su manera de hablar es respetuosa en cualquier interacción social, por muy informal que ésta sea, y raras son las veces en que se pronuncian palabras malsonantes. El tono de voz es moderado, no se suelen oír gritos y la ausencia de ruido, incluso en grandes ciudades, es más que notoria. Afables, cariñosos y generosos una vez se ha ganado su confianza, los magiares se caracterizan por ser personas muy francas y directas, que no se andan con rodeos y hacen gala de un humor muy particular, propenso a la ironía. Aunque suelen guardar una cierta distancia, están abiertos a casi todos los temas de conversación y tienen pocos tapujos o tabúes. Gustan de compartir momentos juntos en casas, bares o restaurantes y alrededor de una bebida alcohólica, siendo, cabe destacarlo, los terceros mayores consumidores en Europa.

Entre las costumbres que han perdurado de sus orígenes asiáticos, es notable el hecho que los magiares ponen su apellido primero y su nombre después. Así, Ferenç Liszt se llama en Hungría Liszt Ferenç, y Zoltan Kodály, Kodály Zoltan, algo válido para cualquier tipo de intercambio: oral o escrito, formal o informal. Por otra parte, siguiendo una costumbre conocida en el mundo entero, excepto en las civilizadas Europa occidental y Estados Unidos, en Hungría los habitantes se quitan sistemáticamente los zapatos antes de entrar en sus hogares y ruegan a todos sus invitados que lo hagan, de manera a no llenar el suelo con la inmundicia de la calle. Las casas, por muy humildes que sean, están siempre impecables, aunque no se puede decir tanto de los espacios públicos. Una paradoja que también se refleja en la conducción: mientras los vehículos se paran sistemáticamente en los pasajes de peatones, las velocidad máximas no suelen ser respetadas y se pueden ver a menudo adelantamientos en curvas sin visibilidad o en líneas continuas, incluso por camiones.

El país de los magiares, como lo denominan sus habitantes, es un territorio que rebosa maravillas históricas y naturales. Desde el enorme y precioso lago Balaton, un verdadero mar interno de 76 kilómetros de largo rodeado de viñedos y de colinas, pasando por sus enormes bosques de altos hayedos, sin olvidar sus cuevas del paleolítico o sus inmensas llanuras, es un verdadero gozo recorrer esta tierra sin destino, dejándose llevar y maravillar por todas las sorpresas y los encantos que esconde. Rara es la ciudad o el pueblo, la montaña o el valle que no merezca la pena ser visto, explorado y descubierto. A día de hoy aún perviven murallas romanas, y pese a las numerosas destrucciones provocadas por las invasiones mongoles y turcas, se pueden encontrar algunas iglesias y castillos medievales. La mayoría de edificios y de construcciones data de finales del XIX, la época de máximo esplendor del país, siendo quizás sus máximos exponentes la demencial basílica situada, como quien no quiere la cosa, en un pequeño pueblo a cincuenta kilómetros de Budapest, Esztergom, o la propia basílica de San Esteban, en la capital.

Buda, en la orilla izquierda del Danubio, y Pest, en la derecha, se unificaron en 1873, pero cada una podría ser en sí misma una ciudad aparte. Empezando por las ordenadas, verdes y pulcras colinas de Buda, dominadas por su majestuoso castillo de estilo medieval, barroco y modernista, y llegando a la plana, intensa y bulliciosa Pest, cuyo gigantesco Parlamento neogótico es su signo más característico, esta ciudad es simplemente magistral. Son tantas y tan diversas sus influencias, que en cada recoveco, en cada esquina, en cada calle se encuentra algo interesante que hace que uno se detenga. Su increíble variedad de edificios, donde incluso el más banal tiene algo majestuoso, sumado a sus museos, esculturas, monumentos, plazas y avenidas, hacen de Budapest una ciudad que por igual maravilla y estremece.

En Pest, un memorial al lado de la sinagoga más grande de Europa -donde nació el fundador del sionismo, Theodor Herzl- recuerda lo que fue el gueto de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. Un poco más lejos, en las orillas del Danubio, sesenta pares de zapatos de hierro, formando una línea de cuarenta metros, dan fe de aquellos judíos que fueron obligados a quitarse su calzado – un bien demasiado preciado– antes de ser ejecutados y arrojados al río por las milicias de la Cruz Flechada, un partido pro-nazi.

Los liberadores soviéticos también dejaron su gloria en forma de una imponente estatua de 38 metros en las colinas de Buda, un monumento con la hoz y el martillo en el centro de Pest, y un inmediato reciclaje de la antigua sede de la Cruz Flechada, que hoy se puede visitar. Ni un mes tardaron los comunistas en poner de inquilinos a la ÁVH, una policía política afín a Moscú que colaboró activamente en la purga de 350.000 intelectuales y oficiales, así como en la ejecución, detención, desaparición, tortura y violación de decenas de miles de personas desde 1945 hasta 1956.
Ese año, precisamente, una manifestación pacífica de estudiantes en demanda de libertad intentó ser disuelta a balazos por la ÁVH. Fue la gota que colmó el vaso. Las armas fueron sacadas de los depósitos y distribuidas entre la población, y la revolución se extendió por todo el país como un reguero de pólvora. El relato que sigue, lo escribió el periodista John Sadovy para la revista Life desde el mismo lugar de los hechos:

De repente, vi una masa de gente salir disparada. Y entonces un tanque, y otro tanque, un tercero, un cuarto, una hilera de cinco en total. Pensamos, horrorizados, que habían llegado para ayudar a la policía secreta. Pero en ese momento vimos que tenían banderas húngaras flotando. Habían sido capturados. Los tanques se posicionaron entonces frente al edificio de la ÁVH. Hubo un silencio de muerte. Un fantástico suspense. Uno de ellos comenzó a girar su torreta, lentamente y disparó al edifico. Grupos de rebeldes armados llegaban por todos lados, y entraron en él. Los hombres de la ÁVH empezaron a salir. El primero en hacerlo fue un oficial. Estaba riendo. Fue la ejecución más rápida que había visto en mi vida. Luego otro oficial de buen aspecto. Se quejaba y protestaba. Los milicianos acabaron con su vida. Seis jóvenes oficiales fueron los siguientes. Rápido argumento: “No somos tan malos como pensáis. Dadnos una oportunidad.” Todos cayeron como maíz cortado. “¡Esto por haber matado a nuestros hijos!” -gritó una señora.

Hoy, numerosos agujeros de bala y de metralla siguen dando un doloroso y silencioso testimonio de una población que fue masacrada pocos días después por el ejército comunista y abandonada por el bloque atlántico. Un heroico sacrificio que no fue en vano, pues la ÁVH fue suprimida, y a partir de los años 60, Hungría estuvo a mucha distancia de cualquier otro país del bloque comunista en niveles de vida, libertad de movimiento y de expresión, y posibilidades de consumo. El pueblo magiar, recordémoslo, también fue el primero en destruir el telón de acero, rompiendo en mayo de 1989 su frontera con Austria, lo que permitió, seis meses más tarde, la caída del muro de Berlín.

Pero la transición al capitalismo fue dolorosa, y, como en tantos otros países de la órbita soviética, hoy una clase privilegiada de emprendedores domina el país y lo gobierna con los mismos valores que el cínico y corrupto régimen soviético. Un buen ejemplo es el antiguo Presidente Ferenç Gyurcsány, quien, en 2006, fue pillado confesando abiertamente que había mentido “mañana tarde y noche” acerca del estado de la economía desde su llegada al poder. Su negativa a renunciar al cargo justo antes del cincuenta aniversario de la revolución de 1956, llevó al país a unos disturbios sin precedentes. En Budapest, la policía necesitó casi un día entero para controlar a unos manifestantes encolerizados que llegaron a robar un tanque soviético y a conducirlo por las calles de la ciudad.

Pero pese a la espectacularidad de este gesto, nada cambió, y en 2008, Hungría se convirtió en otro de los tantos esclavos del Fondo Monetario Internacional al pedir un préstamo de 12.500 millones de euros, lo que elevó su deuda pública al 82% de su PIB. Por falta de dinero, en Budapest una terminal del aeropuerto ha tenido que cerrar. Muchos bellísimos edificios y algunos monumentos históricos están en mal estado, y aunque algunos están en proceso de restauración, queda mucho por hacer. Las carreteras tienen badenes, baches y falta de señalización. El transporte público, aunque extenso, puntual y eficaz, acusa sobremanera el peso de los años. En algunas ciudades y pueblos, la iluminación es claramente insuficiente, -en especial en los distritos marginales- y el tendido eléctrico, en general, está groseramente instalado. Pero sobre todo, los jóvenes faltos de oportunidades se marchan, con la dolorosa fuga de cerebros que ello supone a un país que, que pese a su pequeño tamaño, destaca por tener 19 universidades, y una de las tasas de alfabetización y de alumnos que han terminado sus estudios secundarios más altas del mundo.

Ahora, está por ver si el dinamismo y el espíritu luchador de los húngaros se reaviva. A lo largo de la Historia han demostrado sobradamente su capacidad de ganarse la libertad a pulso y de no dejarse doblegar por imperios o dictaduras. En varias ocasiones, marcaron ante el mundo el camino a seguir, dando el ejemplo con su enorme coraje y valentía. Orgullosos de pertenecer a una cultura ancestral e inmensamente rica, que ha sobrevivido y evolucionado gracias a sus numerosas influencias, la ciudadanía húngara puede salir adelante y volver a ilusionarse. Como reza el proverbio magiar, az arany a sárban is arany. "El oro, incluso en el barro, sigue siendo oro."

Esta tierra, que toda persona debería visitar alguna vez en su vida, tiene un potencial inimaginable y una energía fascinante. Impacta a primera vista, pero posteriormente va cautivando de forma más sutil y profunda, dejando en el corazón una sensación curiosa, difícilmente definible. Quizás sea debido a los oscuros orígenes de sus habitantes, tan enigmáticos que uno no llega nunca realmente a descubrirlos. Quizás sea por su idioma único y exclusivo, tan diferente de cualquiera que un occidental pueda conocer. O quizás sea el paso de todas las civilizaciones, tribus y pueblos, que han pisado este territorio para comerciar, aprender, intercambiar, construir, batallar, conquistar, progresar o vivir.

El caso es que comprender Hungría es, ante todo, comprenderse uno mismo. Una misteriosa necesidad.





Buda

Pest

Memorial en Pest


Árpad
Basílica de San Esteban


Esztergom


Balaton


1956

                                 
                                                             Disturbios de 2006
                                
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