Aquel que no puede perdonar a los demás destruye el puente por el que ha de pasar
George Herbert
George Herbert
Pocas cosas existen en la vida más liberadoras que el perdón. Ya sea por miedo, inseguridad u orgullo, no es siempre fácil pedirlo ni darlo. No pedirlo nos puede generar remordimientos de conciencia, y no darlo, amargura y rencor. Ambos casos suponen un pesado lastre que dificulta mucho nuestro andar y que afecta gravemente nuestro bienestar emocional. Y es que a la larga, “sin perdón, la vida acaba siendo gobernada por el resentimiento,” como dijo el psiquiatra italiano Roberto Assagioli.
La rabia - nacida de la incomprensión - suele ser la primera y más directa consecuencia de la ofensa. Cuando la sintamos, conviene mirar en nuestro interior para ver desde donde nos estamos posicionando y recordar que nuestra reacción hacia esta persona emana de algo nuestro, pues, como dijo Herman Hesse “cuando odiamos a alguien, odiamos algo que reside dentro de nosotros, lo que no llevamos dentro no puede afectarnos." En segundo lugar, es recomendable intentar entender los motivos que llevan a alguien a actuar de una determinada manera, comprendiendo que la persona nos está tratando como se trata a sí misma: no podemos dar ni hacer a los demás lo que no nos damos a nosotros mismos.
Fernando Sánchez Dragó dijo que “el corazón de quien perdona o de quien es perdonado se llena instantáneamente de gozo. Hay muy pocos atajos que conduzcan con tanta eficacia y rapidez a la felicidad.” Desde luego, pero siempre y cuando tengamos en cuenta que el verdadero perdón siempre sale de uno mismo, que se otorga sin esperar recibir nada a cambio y se pide sin aguardar una respuesta. Este no tiene una forma determinada ni un tiempo estipulado, y la persona que lo pida o lo dé, lo hará de la mejor manera que pueda, sepa o quiera y cuando esté lista para ello. Es nuestra tarea entenderlo.
En cualquier caso, el perdón tiene una larga tradición histórica, una tradición que Nietzsche parcialmente resumió, afirmando que la Historia es la victoria de los débiles sobre los fuertes. Los débiles son las personas del resentimiento, las que no han aceptado su pasado y, no sabiendo pedir perdón ni perdonar, no se han reconciliado consigo mismas. Al no salir de un pensamiento binario: blanco o negro, conmigo o contra mí, y haciendo de la violencia psíquica o física su estandarte, los débiles han condenado y siguen condenando a sus prójimos y en algunos casos, a grandes grupos humanos, a sufrir las consecuencias de sus frustraciones.
Pero si no hay probablemente zona de la Tierra que no haya padecido la venganza personal de estos individuos a lo largo de la Historia bajo varios excusas: religión, progreso o política entre ellos, no es menos cierto que sin los fuertes - siguiendo el concepto Nietzscheano - que ejercieron el perdón por todo el globo, la humanidad probablemente ya no existiría. Actuando así, estas personas tuvieron la extraordinaria fuerza de no tomarse el dolor ajeno como algo personal y dieron el ejemplo liberándose de su pasado, ganándose el respeto de los demás desde la comprensión y la integridad, y dominándose a sí mismos en todas las circunstancias posibles.
El que fuera futuro colaborador del general Charles de Gaulle, Jean Mialet, estuvo encerrado tres años en el campo de concentración nazi de Dora-Mittelbau. Ahí sirvió como esclavo al servicio de la industria armamentística del Tercer Reich, para la cual fabricó los primeros cohetes a propulsión, los V1 y V2, predecesores de las naves que llevaron unos años más tarde a Yuri Gagarin al espacio, o a Neil Armstrong a la luna. De las condiciones de vida en Dora, Jorge Semprún escribió en su libro Aquel domingo, que era “un trabajo infernal en la polvareda de los túneles dónde SS, sin más intermediarios con los deportados que unos detenidos de derecho común que no hacen más que añadir brutalidad y estupidez para consolidar su poder, hacen su ley."
Durante tres años Jean Mialet sufrió la privación de libertad, la humillación y el hambre. Éste explica en su libro, La ira y el perdón (La Haine et le Pardon, Ed Laffont) que: “el hambre nos atenazaba constantemente. Esta comienza por hacerte cosquillas en el estómago, entonces te lo retuerce durante horas. Más adelante ya no hace daño, pero se nutre de tus reservas, te agota, se come tus músculos y finalmente te mata.” Mialet trabajaba unas catorce horas al día privado de luz, con temperaturas que en invierno alcanzaban fácilmente los -20 ºC. Aunque no existían las cámaras de gas en Dora, las torturas eran moneda diaria y algunos presos, desesperados, elegían suicidarse lanzándose contra las verjas electrificadas.
El campo fue liberado por los americanos en 1945. Mialet pesaba apenas 45 kilos y su estado físico y mental se resume con la siguiente frase, escrita al principio de su libro: “Cuando tenga entre mis brazos un niño alemán…le machacaré la cabeza a patadas.” Jean Mialet podría perfectamente haberse unido entonces al pinche tirano - concepto que el antropólogo Carlos Castaneda usó para definir a aquella persona que nos hace sacar lo peor en nosotros - y haberse vengado, con toda lógica, pero sin ningún tipo de control, disciplina ni refrenamiento, de tres años de indescriptible sufrimiento.
No actuando de esta manera, Jean Mialet evitó perpetuar las atrocidades situándose al mismo nivel que sus enemigos, y ejerció aquello que años más tarde pronunció Martin Luther King: “La cadena en reacción del mal, el odio atrae más odio, la violencia atrae más violencia, ha de ser rota, o si no nos veremos abocados a los oscuros precipicios de la aniquilación.” Para liberarse de la ira y romper esta cadena sólo había una solución: el perdón, de ahí el título de su libro. El perdón, Mialet lo aplicó con mucho dolor pero con maestría y sin condiciones. Y así se liberó, mostrándonos la capacidad del ser humano de ver más allá de su propio sufrimiento y de deshacerse de la ofensa.
Otro ejemplo, mucho más conocido pero no por ello menos importante, es el de Nelson Mandela. Tras salir de la cárcel después de 27 años, Mandela tampoco ejerció ni una sola vez la venganza – pudiendo perfectamente hacerlo - contra aquellos que le privaron de libertad. No sólo no lo hizo, sino que además se ganó el respeto de los carcelarios que lo maltrataron, del régimen político que lo encerró, del presidente que marginó violentamente su cultura y de una gran parte de la nación que le odiaba. Haciendo esto, y entendiendo que el perdón es el único camino para una paz, que es, ante todo, interna y personal, Mandela aplicó magistralmente la máxima de Abraham Lincoln: “¿Acaso no destruimos a nuestros enemigos cuando los hacemos amigos nuestros?”
Si estas personas, o muchísimas otras cuyos nombres no han trascendido, pudieron ejercer el perdón en casos tan extremos, todos podemos tener la fuerza de aceptar lo que hemos vivido y lo que nos ha pasado como condición primera e indispensable para vivir en paz. No tener cólera ni resistencia, no rechazar, no negar, y usar lo que nos ha ocurrido y nos ocurrirá como rampa de lanzamiento para progresar, es la verdadera dificultad y el auténtico desafío.
Porque perdonar implica necesariamente comprender, que no significa aprobar. Perdonar no es olvidar, perdonar es aceptar teniendo la enorme fuerza de ser moderado, de no vivir en el resentimiento, de no caer en extremismos, y de dejar de aplicar la Ley del Talión, entendiendo de una vez por todas que, como afirmó Gandhi, "ojo por ojo y acabaremos todos ciegos." Perdonar es la solución complicada, la valerosa, la que obliga a indagar dentro de nosotros, a discernir, a entender al prójimo y a superarnos, de manera a salir reforzados y a continuar caminando libremente.
Intentémoslo. La humanidad sólo podrá salir beneficiada.
Dedico este texto a Jean Mialet, que me enseñó la importancia y el valor del perdón en la vida como elemento indispensable para vivir en un mundo más humano que el que él conoció y que nunca debería volver a repetirse.














