miércoles 22 de febrero de 2012

El perdón

Aquel que no puede perdonar a los demás destruye el puente por el que ha de pasar

George Herbert



Pocas cosas existen en la vida más liberadoras que el perdón. Ya sea por miedo, inseguridad u orgullo, no es siempre fácil pedirlo ni darlo. No pedirlo nos puede generar remordimientos de conciencia, y no darlo, amargura y rencor. Ambos casos suponen un pesado lastre que dificulta mucho nuestro andar y que afecta gravemente nuestro bienestar emocional. Y es que a la larga, “sin perdón, la vida acaba siendo gobernada por el resentimiento,” como dijo el psiquiatra italiano Roberto Assagioli.

La rabia - nacida de la incomprensión - suele ser la primera y más directa consecuencia de la ofensa. Cuando la sintamos, conviene mirar en nuestro interior para ver desde donde nos estamos posicionando y recordar que nuestra reacción hacia esta persona emana de algo nuestro, pues, como dijo Herman Hesse “cuando odiamos a alguien, odiamos algo que reside dentro de nosotros, lo que no llevamos dentro no puede afectarnos." En segundo lugar, es recomendable intentar entender los motivos que llevan a alguien a actuar de una determinada manera, comprendiendo que la persona nos está tratando como se trata a sí misma: no podemos dar ni hacer a los demás lo que no nos damos a nosotros mismos.

Fernando Sánchez Dragó dijo que “el corazón de quien perdona o de quien es perdonado se llena instantáneamente de gozo. Hay muy pocos atajos que conduzcan con tanta eficacia y rapidez a la felicidad.”  Desde luego, pero siempre y cuando tengamos en cuenta que el verdadero perdón siempre sale de uno mismo, que se otorga sin esperar recibir nada a cambio y se pide sin aguardar una respuesta. Este no tiene una forma determinada ni un tiempo estipulado, y la persona que lo pida o lo dé, lo hará de la mejor manera que pueda, sepa o quiera y cuando esté lista para ello. Es nuestra tarea entenderlo.

En cualquier caso, el perdón tiene una larga tradición histórica, una tradición que Nietzsche parcialmente resumió, afirmando que la Historia es la victoria de los débiles sobre los fuertes. Los débiles son las personas del resentimiento, las que no han aceptado su pasado y, no sabiendo pedir perdón ni perdonar, no se han reconciliado consigo mismas. Al no salir de un pensamiento binario: blanco o negro, conmigo o contra mí, y haciendo de la violencia psíquica o física su estandarte, los débiles han condenado y siguen condenando a  sus prójimos y en algunos casos, a grandes grupos humanos, a sufrir las consecuencias de sus frustraciones.

Pero si no hay probablemente zona de la Tierra que no haya padecido la venganza personal de estos individuos a lo largo de la Historia bajo varios excusas: religión, progreso o política entre ellos, no es menos cierto que sin los fuertes - siguiendo el concepto Nietzscheano - que ejercieron el perdón por todo el globo, la humanidad probablemente ya no existiría. Actuando así, estas personas tuvieron la extraordinaria fuerza de no tomarse el dolor ajeno como algo personal y dieron el ejemplo liberándose de su pasado, ganándose el respeto de los demás desde la comprensión y la integridad, y dominándose a sí mismos en todas las circunstancias posibles.

El que fuera futuro colaborador del general Charles de Gaulle, Jean Mialet, estuvo encerrado tres años en el campo de concentración nazi de Dora-Mittelbau. Ahí sirvió como esclavo al servicio de la industria armamentística del Tercer Reich, para la cual fabricó los primeros cohetes a propulsión, los V1 y V2, predecesores de las naves que llevaron unos años más tarde a Yuri Gagarin al espacio, o a Neil Armstrong a la luna. De las condiciones de vida en Dora, Jorge Semprún escribió en su libro Aquel domingo, que era “un trabajo infernal en la polvareda de los túneles dónde SS, sin más intermediarios con los deportados que unos detenidos de derecho común que no hacen más que añadir brutalidad y estupidez para consolidar su poder, hacen su ley."

Durante tres años Jean Mialet sufrió la privación de libertad, la humillación y el hambre. Éste explica en su libro, La ira y el perdón (La Haine et le Pardon, Ed Laffont) que: “el hambre nos atenazaba constantemente. Esta comienza por hacerte cosquillas en el estómago, entonces te lo retuerce durante horas. Más adelante ya no hace daño, pero se nutre de tus reservas, te agota, se come tus músculos y finalmente te mata.” Mialet trabajaba unas catorce horas al día privado de luz, con temperaturas que en invierno alcanzaban fácilmente los -20 ºC. Aunque no existían las cámaras de gas en Dora, las torturas eran moneda diaria y algunos presos, desesperados, elegían suicidarse lanzándose contra las verjas electrificadas.

El campo fue liberado por los americanos en 1945. Mialet pesaba apenas 45 kilos y su estado físico y mental se resume con la siguiente frase, escrita al principio de su libro: “Cuando tenga entre mis brazos un niño alemán…le machacaré la cabeza a patadas.” Jean Mialet podría perfectamente haberse unido entonces al pinche tirano - concepto que el antropólogo Carlos Castaneda usó para definir a aquella persona que nos hace sacar lo peor en nosotros - y haberse vengado, con toda lógica, pero sin ningún tipo de control, disciplina ni refrenamiento, de tres años de indescriptible sufrimiento.

No actuando de esta manera, Jean Mialet evitó perpetuar las atrocidades situándose al mismo nivel que sus enemigos, y ejerció aquello que años más tarde pronunció Martin Luther King: “La cadena en reacción del mal, el odio atrae más odio, la violencia atrae más violencia, ha de ser rota, o si no nos veremos abocados a los oscuros precipicios de la aniquilación.” Para liberarse de la ira y romper esta cadena sólo había una solución: el perdón, de ahí el título de su libro. El perdón, Mialet lo aplicó con mucho dolor pero con maestría y sin condiciones. Y así se liberó, mostrándonos  la capacidad del ser humano de ver más allá de su propio sufrimiento y de deshacerse de la ofensa.

Otro ejemplo, mucho más conocido pero no por ello menos importante, es el de Nelson Mandela. Tras salir de la cárcel después de 27 años, Mandela tampoco ejerció ni una sola vez la venganza – pudiendo perfectamente hacerlo - contra aquellos que le privaron de libertad. No sólo no lo hizo, sino que además se ganó el respeto de los carcelarios que lo maltrataron, del régimen político que lo encerró, del presidente que marginó violentamente su cultura y de una gran parte de la nación que le odiaba. Haciendo esto, y entendiendo que el perdón es el único camino para una paz, que es, ante todo, interna y personal, Mandela aplicó magistralmente la máxima de Abraham Lincoln: “¿Acaso no destruimos a nuestros enemigos cuando los hacemos amigos nuestros?”

Si estas personas, o muchísimas otras cuyos nombres no han trascendido, pudieron ejercer el perdón en casos tan extremos, todos podemos tener la fuerza de aceptar lo que hemos vivido y lo que nos ha pasado como condición primera e indispensable para vivir en paz. No tener cólera ni resistencia, no rechazar, no negar, y usar lo que nos ha ocurrido y nos ocurrirá como rampa de lanzamiento para progresar, es la verdadera dificultad y el auténtico desafío.

Porque perdonar implica necesariamente comprender, que no significa aprobar. Perdonar no es olvidar, perdonar es aceptar teniendo la enorme fuerza de ser moderado, de no vivir en el resentimiento, de no caer en extremismos, y de dejar de aplicar la Ley del Talión, entendiendo de una vez por todas que, como afirmó Gandhi, "ojo por ojo y acabaremos todos ciegos." Perdonar es la solución complicada, la valerosa, la que obliga a indagar dentro de nosotros, a discernir, a entender al prójimo y a superarnos, de manera a salir reforzados y a continuar caminando libremente.

 Intentémoslo. La humanidad sólo podrá salir beneficiada.





Dedico este texto a Jean Mialet, que me enseñó la importancia y el valor del perdón en la vida como elemento indispensable para vivir en un mundo más humano que el que él conoció y que nunca debería volver a repetirse.

martes 31 de enero de 2012

El Viaje

El viaje es un retorno hacia lo esencial

Proverbio tibetano


Para las personas curiosas e inquietas, ávidas de aprender y de progresar, el viaje es una necesidad imperiosa que les obliga a dar lo mejor de sí mismas y a salir de una zona de confort ilusoria, donde lo predecible, que depara pocos riesgos, siempre nos mantiene en la superficie de la vida, impidiéndonos catar lo mucho que esta nos ofrece.

Al viajero - que no al turista - nada le resulta indiferente, y en su periplo el más mínimo detalle o comportamiento, aparentemente banal e insignificante, es observado con interés y se transforma en una peculiaridad, reflejo de una nueva cultura que pasará, de alguna manera, a formar parte del mismo. Este sabe que su aventura es un salto hacia lo desconocido donde entra en lo imprevisible y en lo imprevisto. Por ello, a falta de saber qué pasará, qué lecciones aprenderá, qué sentirá, a quién conocerá y qué peripecias, aventuras o momentos le esperarán, tendrá sus sentidos fijados en el instante preciso.

El viaje también sirve al aventurero para, como dijo Descartes, “conocer las costumbres de los distintos pueblos y para despojarse del prejuicio de que sólo en la propia patria se puede vivir de la manera en que uno está acostumbrado.” Así, viajar ayuda a dejar de lado un etnocentrismo que hace de la cultura propia el criterio exclusivo para interpretar los comportamientos de otros grupos, etnias o sociedades, y hace relativizar las propias creencias, hábitos, costumbres y entorno, dándoles un nuevo enfoque.

Y es que el viaje es, sobre todo, una cura de humildad. Enseña a adaptar nuestra actitud en función de las circunstancias en vez de querer cambiar las circunstancias para que se ajusten a nuestra actitud. Como reza uno de los mandamientos de un código de conducta elaborado por un samurái anónimo: “Carezco de principios, la capacidad de adaptación a cualquier circunstancia será mi principio”. No se trata de resignarse, conformarse ni doblegarse, se trata de entender que siempre se atrae lo que se necesita aprender, y que cuanto más irritados, molestos o dolidos nos sintamos frente a una situación, más podremos trabajarnos para salir catapultados y evolucionar exponencialmente, obteniendo así más conocimiento, madurez y, por lo tanto, experiencia.

En otro orden de cosas, el diplomático y novelista francés Paul Morand, afirmó que “cuando volvemos de un viaje nos preguntamos si es la Tierra la que se ha empequeñecido o nosotros los que hemos crecido”. Probablemente ocurran ambas cosas, porque además de crecer inevitablemente, viajar hace relativizar los conceptos de tiempo y de espacio, recordando al viajero que los relojes no existen para los árboles, los ríos y las montañas, y que ambas nociones, asociadas muchas veces con alejamiento o ruptura emocional, permiten, al contrario, reforzar sobre manera las relaciones sinceras y sólidas.

Y sí el aventurero percibe que la Tierra se empequeñece también es porque, tras haber viajado, se da cuenta que, como dijo Lao-Tsé, “se puede conocer el mundo sin salir de casa”. Ir a llanuras lejanas, espabilarse, dar lo mejor de sí mismo, sacarse las castañas del fuego, ingeniárselas, enfrentarse a situaciones de aparente desesperación en las que descubre que siempre hay una solución y alguien para ayudarle, o ver que nada ha de temer excepto su propio descuido, le permite– y este es de alguna manera el mensaje de El Alquimista - descubrir que el tesoro y la belleza de la vida se encuentran muy cerca de él y que tanto estos, como el funcionamiento de la misma, los puede comprender y apreciar desde su hogar.

Y tan cierto es que un viaje puede servir para adquirir sabiduría como para perder cargas. Por algo Saint Exupéry afirmó que “aquel que quiere viajar feliz debe viajar ligero”. Viajar enseña a llevar encima sólo lo estrictamente necesario y a desprenderse de ataduras físicas, emocionales, materiales y económicas, trasladando este comportamiento a la propia existencia. En esta línea, sirvan las palabras del escritor francés René Barjavel: ”el acostumbrarse a una vida simple es un factor de salud, empuja al ser humano al dinamismo en las actividades necesarias en la vida, y, frente al destino, le inmuniza contra la inquietud.”

Pero para ser exitoso, es conveniente, ante todo, que el viaje sea hecho en soledad y que éste sea interior, que se convierta en un encuentro con nosotros mismos donde no preveamos, busquemos o esperemos nada. ¿No escribió el novelista chino Gao Xinjian que "el verdadero viajero no debe tener ningún objetivo?"

El tenerlo, el querer cambiar de lugar por el mero hecho de cambiar, no va a convertir al viajero, por arte de magia, ni en el que desea ser, ni en el que quiere dejar de ser. Aunque parezca obvio, es importante recordar que a miles de kilómetros de casa éste seguirá siendo, en esencia, la misma persona, y que arrastrará su inconsciente, sus preocupaciones, sus inquietudes, sus cargas emocionales y su pasado. Por ello, cuando viaja para huir de alguien, de algo, de sí mismo, o simplemente, para buscar fuera lo que no tiene dentro, es probable que pasada la fase inicial de sorpresa y de adaptación al nuevo entorno, el viajero tenga que dar la razón a Horacio y reconocer que “el que va más allá de los mares cambia de cielo pero no de espíritu.”

Quizás, y no hay contradicción en ello, la persona que huya desarrolle una nueva versión de ella al sentirse más cómoda, más predispuesta y más capacitada en su nuevo entorno. Pero en este caso, sus problemas de fondo, aunque no siempre se manifiesten, seguirán presentes como un volcán que volverá a irrumpir con más fuerza el día en que alguna circunstancia se los detone, o simplemente, volviendo al lugar de donde marchó y debiendo afrontar todo lo que dejó atrás.

En este sentido, no conviene olvidar lo que con mucha lucidez afirmó Goethe: “No conocemos a los hombres cuando vienen a vernos, tenemos que visitarlos a ellos para averiguar cómo son”. Esto es bastante significativo en algunas personas que abandonaron su país y que, al volver al mismo, cambian radical y totalmente de comportamiento, actuando de forma diametralmente opuesta a cómo lo hacían en el extranjero. Algunos casos extremos se pueden leer en ciertos libros escritos por mujeres - como No sin mi hija de Betty Mahmoody - que sufrieron el maltrato, la privación de libertad y las vejaciones constantes de sus maridos, hasta entonces encantadores, cuando decidieron marcharse con ellos a sus países de origen.

Por otro lado, una situación habitual a la que se puede enfrentar el viajero es la de querer contar su experiencia a los demás. Éste puede sentirse en la incapacidad de hacerlo mediante el lenguaje, que siempre está contaminado, y darse cuenta que las experiencias difícilmente se pueden explicar con palabras ni ser entendidas con la mente. Es necesario haberlas vivido. Y la única manera de transmitirlas - que siempre será parcialmente o de forma modificada o edulcorada - será mediante analogías. Así como la música, según Baudelaire, sugiere ideas análogas en distintos cerebros, para que el periplo del viajero sea entendido por su interlocutor, hará falta que este último haya escuchado y admirado una canción, si no igual, similar a la del primero, para revivirla y trazar así puentes para poder entender sus sentimientos.

En definitiva, viajar es la escuela de la vida, la que no se enseña ni se aprende en ninguna academia, la que contribuye a forjar al viajero y la que le hace volver a una casa que ya  deja parcialmente de serlo, al entender que su hogar es la Tierra. Viajar le da alas para seguir progresando, viendo, descubriendo y compartiendo para impregnarse de múltiples riquezas y seguir agregando facetas de distintas culturas a su personalidad. Y para aquella persona que, desde su interior, sin buscar ni esperar nada, desee emprender una aventura pero alegue que no le es posible, que no se olvide que la vida siempre nos condiciona, pero nunca nos determina y que de alguna manera, tarde o temprano y en mayor o menor medida, si se quiere, siempre se puede.

El mundo es maravilloso e inabarcable.


domingo 1 de enero de 2012

Buenos Aires

“¿Y shó que querés que haga? Preguntále al fabricante"

 
Dependiente de una tienda de Buenos Aires levantando su mano con las yemas de los dedos juntos y hacia arriba, ante la reclamación de que la máquina expendedora de su comercio se ha tragado unos pesos.



La capital de Argentina es una ciudad peculiar, pasional, de contrastes y, desde luego, un tanto surrealista. Buenos Aires modela al porteño - que así se llaman sus habitantes - y los porteños modelan Buenos Aires, no se pueden entender separadamente. Esto probablemente pase en todas las ciudades y esta urbe no es un caso aparte, pero sí que es especialmente notorio. 

Pero volvamos atrás en el tiempo y descubramos cómo la Historia ha forjado el carácter de los habitantes de una mega urbe que hoy se extiende sobre varias decenas de kilómetros y que, en 1536, no era más que un pequeño asentamiento creado por Pedro de Mendoza, un aristócrata español que financió su propia expedición a Sudamérica. Su misión civilizadora no debió agradar demasiado a los nativos, que ya cultivaban por aquel entonces el carácter orgulloso que hoy les distingue, y asediaron al español que, con muy buen juicio, decidió en 1541 poner pies en polvorosa.

Buenos Aires, que entonces pertenecía al Virreinato del Perú del Imperio Español, fue nuevamente fundada en 1580 por el conquistador Juan de Garay y devino un paraíso para los contrabandistas que se despacharon a gusto imponiendo su ley. En 1806 la ciudad fue ocupada por fuerzas armadas inglesas y quedó por unos meses bajo la bandera del Reino Unido, que hoy sigue ondeando para gran alegría y regocijo de los argentinos en las Islas Malvinas.  Pero un servidor es lenguaraz y corre más de lo que la discreción aconseja, así que se ceñirá al orden cronológico y dirá que en 1810 los nobles porteños, que llevaban ya casi tres siglos defendiendo su tierra, repelieron los ataques británicos. Realizaron así la llamada Revolución de Mayo que expulsó al virrey españole inició una guerra por la independencia.

En 1880, la ciudad se convirtió en el Territorio Federal de Buenos Aires y fue declarada capital de la nación. La urbe contaba entonces con casi medio millón de habitantes y fue uno de los principales destinos del proceso migratorio que tuvo la Argentina, principalmente compuesto de españoles e italianos atraídos por la floreciente economía proveniente de las exportaciones agrícolas del sur del país. En 1913 se inauguró el Subte, el metro de Buenos Aires y el primero de América Latina. El Gobierno invirtió entonces grandes sumas de dinero en parques y en bloques de oficinas, creando así gran parte del aspecto actual de esta esplendorosa ciudad que decayó, en 1929, con el crack de Wall Street.
 

Buenos Aires es hoy la segunda ciudad más grande de América del Sur tras Sao Paolo, de corte europeo y cosmopolita, alberga un tercio de la población del país, más de 13 millones de habitantes. Sobrevolarla es toda una experiencia y ver esta jungla urbana resulta hasta exótico: infinidad de lucecitas fijas y en movimiento se extienden más allá del alcance de la vista, sin otro fin que el Río de la Plata. Buenos Aires ya no crece a ritmo de boom económico, Buenos Aires vive - como explicó un taxista a un servidor con un tanto de gracia y otro de resignación: “de crisis en crisis por culpa de los pelotudos que están en el poder y que llevan robando al ciudadano desde que decidieron nacer”.

Como es sabido, esta codiciada tarea recae ahora en manos de la señora Fernández de Kirchner, que con menos estilo y más cirugía estética, se reivindica la heredera directa de Evita Perón. En un país donde el voto es obligatorio, la viuda del ex presidente se exhibe bien sonriente y con abundancia en innumerables carteles situados en muchas calles que provocan la apasionada reacción de algunos ciudadanos, quienes, mediante afables grafitis, la suelen exhortar a desaparecer.

Pero Buenos Aires es ante todo una majestuosa ciudad de la que los porteños se sienten muy orgullosos. Tiene historia, belleza, dignidad, cultura y un porte que le da una gracia innegable y unas ganas de descubrirla a fondo. Es un gusto charlar con los vendedores ambulantes, tomarse unos zumos recién exprimidos en mitad del gigantesco parque de Puerto Madero, comerse un asado en cualquier chiringuito, descubrir las callejuelas oscuras y bohemias, visitar pequeñas tiendas y comercios, pasearse por las enormes avenidas pobladas de edificios postmodernistas y explorar los muchos e inesperados recovecos de esta gigantesca urbe. Es fácil que a uno se le corte la respiración viendo la majestuosidad y el esplendor del Congreso Nacional, la Casa Rosada o la Bolsa de Valores, donde, dicho sea de paso, pues la cosa tiene su gracia, en 1994 el presidente Carlos Menem hizo su confesión estelar: “Perdón, me confundí de discurso” después de haber leído durante diez minutos un texto equivocado.

La megalópolis tiene una actividad frenética a cualquier hora del día y cualquier día de la semana. El ruido nunca cesa y el movimiento es constante e ininterrumpido. Buenos Aires nunca duerme, aunque sí que lo hacen muchos de sus habitantes, de todas las edades, incluidos bebés y niños, en las esquinas, parques, bancos y calles, tirados por cualquier lado y de cualquier manera. A las personas, se les suman la presencia de basuras esparcidas aquí y allá debido a la significativa ausencia de contenedores - quemados o destrozados cuando han sido instalados – en una ciudad donde las paredes pintadas y garabateadas, y un mantenimiento desgraciadamente escaso, lastran gran parte del esplendor de la misma.

El laissez-passer, parece ser la norma en Buenos Aires, tanto de las autoridades como de la ciudadanía. Basta con mirar la circulación, que, sin llegar a las cotas de insuperable anarquía de Katmandú, pero sí igualando en desorden y en falta de civismo a Lima o a Porto Alegre, no es precisamente un modelo a imitar. Muchas personas van en moto sin casco, – aunque otras se lo ponen, pero dejan sin al pasajero, muchas veces sus propios hijos – las matrículas escasean y se conduce de cualquier manera. La inspección técnica, además, debe ser una utopía: el parque automovilístico destaca por acumular las décadas con más pena que dignidad, por emanar abundantes humos negros y por hacer un barullo tan considerable que lleva a pensar que si los que fundaron Buenos Aires se levantaran de la tumba le pondrían probablemente otro nombre a su ciudad. 


Si la manera de conducir forma parte del folklore nacional, no es más interesante el surrealismo que se percibe tras algunos días y que llega a cotas que ni los aragoneses han superado. Ejemplo: en cualquier ciudad, la venta de ropa y productos electrónicos pirata normalmente se hace en las aceras, disimuladamente, por personas que están al acecho de que lleguen las fuerzas del orden para largarse corriendo. Aquí existe un mercado llamado La Salada, con su propia página web y su registro oficial, donde legalmente se venden todo tipo de productos ilegales. No vivido por mí pero si por una persona cercana, he aquí otro ejemplo que merece la pena ser citado, y no es un chiste: Le roban una rueda de su coche, llega la policía, pero la persona, sabiendo que no servirá de nada hacer la denuncia, se lo comunica al agente, quien, demasiado contento de ahorrarse un trabajillo le contesta: “Es verdad, ¿Para qué?”.

El surrealismo también se encuentra presente en el  subte, que todo visitante debería tomar – usaremos mejor este verbo que “coger”, de conocidas connotaciones en Argentina - al menos una vez. Algunos vagones datan de 1913 y son realmente preciosos, una verdadera reliquia histórica con asientos y suelo de madera, preciosas lámparas además de, dicho sea de paso, una apertura manual de las puertas complicada y un cierre de las mismas automático sin aviso y no hermético. Como aún no se han instalado máquinas de venta de billetes, es probable que el visitante necesite o quiera tomar al subte a la hora donde el vendedor de billetes se va a comer, así que por mucho que su deber de buen ciudadano se lo pida, no interrumpa al probo empleado en su camino al yantar - deber ineludible donde los haya - y pase sin pagar. El mismo le exhortará a hacerlo.

No vea sin embargo el lector un propósito de hacer mofa, befa y escarnio de los porteños. Lejos de ahí, su gracia natural, su salero y su facilidad de trato, además de su educación y corrección al hablar, son dignos de mención y de alabar. Así, es muy agradable entrar en un comercio y, por lo general, ser recibido con buenos modales, sonrisas, educación y un trato excelente, lo cual crea un contraste con las tiendas de bastantes ciudades españolas donde el dependiente suele presentar una sonrisa inexistente, y una sequedad de palabras que parece querer decir que está haciendo un favor al atender al cliente.

 
Por otra parte, si uno se pierde, cosa fácil en una ciudad tan inmensa, es a menudo con una sonrisa y con total disponibilidad que las personas le ayudarán a encontrar su camino, o que entablarán una conversación de la nada de forma muy agradable y espontánea. Aunque eso sí, probablemente debido a la influencia italiana de sus antecesores, es posible que más de una vez su interlocutor se embarque en un largo monólogo donde prácticamente le rememorará cómo su madre le trajo al mundo para explicarle qué dirección tomar. 

Pero en todo caso, la educación del porteño es notable. En fácil que en los autobuses y en el subte los jovenes se levanten para dejar el sitio a una persona que lo necesita, e incluso en los propios billetes se da las gracias por ceder el asiento. Una actitud que puede recordar a la educación francesa - o la que fue antaño - y que se plasma en gestos como el beso en la mejilla que se dan siempre los hombres cuando se saludan. Asimismo, es fácil ver como estos dejan pasar a las mujeres, les abren las puertas y les retiran la silla para acomodarlas. Una galantería y una clase olvidadas y poco conocidas en España que se aprecian enormemente y que son bien visibles en bailes como el Tango, que por disponer de poco tiempo, no pudo ser visto en directo.

Buenos Aires, ciudad de contrastes, ciudad histórica, ciudad noble, ciudad intensa, ciudad agotadora, ciudad preciosa, ciudad auténtica. En pocos sitios se mezclan con tanta fuerza, de manera tan impactante y de forma tan simultánea la seriedad y el surrealismo, la resignación y el dinamismo, el laisser passer y la fuerza de voluntad,  la suciedad y la belleza, la majestuosidad y la banalidad, la sensualidad y lo vulgar, la educación y la ausencia de modales, la gentileza y la falta de respeto, la pasión y la pasividad, la cortesía y el vituperio, lo absurdo y lo lógico, la seguridad y el crimen. El visitante necesitará traspasar los muchos filtros y barreras que pone a primera vista para ser realmente admirada y desvelar así sus muchos encantos, no siempre visibles. 

Inténtelo, seguramente le deje huella y se marche pidiendo más.


Skyline


Congreso Nacional

Puerto Madero

Tango

sábado 10 de diciembre de 2011

Hacia delante

.
El miedo tiene raíces
Díficiles de arrancar
Si ves que se hacen cadenas
Rómpelas y échate a andar

José Antonio Labordeta


Existen en la vida momentos de tanta lucidez que la clarividencia se impone como una verdad inapelable, eliminando momentáneamente en nosotros cualquier atisbo de confusión, interrogante, duda o cuestionamiento. Estos instantes, que se quedan inevitablemente grabados en nuestra memoria como un punto y aparte en nuestras vidas, nos permiten adquirir una certeza acerca de algo, de alguien, o de nosotros mismos. Cuando esto ocurre, la mente se desactiva, los sentidos entran en suspensión, los velos caen, el error deja de ser una posibilidad, y la existencia alcanza entonces, como dijo Herman Hesse, “su plenitud, porque todo ha perdido su significado".

Estos momentos "estelares que jamás se borran, impactos clamorosos que nunca se despintan, son como sacramentos que imprimen carácter e imponen destinos", según los describió Fernando Sánchez Dragó en su libro El sendero de la mano izquierda, se conjugan sólo en el presente del indicativo. Hacen desaparecer el ayer y el mañana, el antes y el después, el “debería” o el “tendría que”, mostrándonos que tanto el pasado, una recreación mental, como el futuro, una proyección, no tienen espacio ni sitio en este tipo de experiencia.

Dijo el filósofo persa Omar Khayyám que “hay dos días por los cuales mi corazón jamás ha languidecido, ese que ya pasó, ese que no ha llegado todavía.” Sin querer tratar aquí un tema del que se ha escrito y hablado tanto como la importancia de vivir el presente para ser felices, sí que deberíamos tomar nota  los muchos que hacemos rimar la vida con lo que será o podría haber sido, planificando a largo plazo y exponiéndonos a la frustración al proyectar nuestras ilusiones en algo o en alguien, olvidando así que, como dijo el predicador y escritor francés Bossuet, “no es bueno que las cosas siempre sucedan como queramos”.

Y es que la felicidad no tiene causa ni razón. A aquella felicidad que tiene una causa o razón se le llama placer. Buscar un motivo externo para ser feliz es engañarse, afirmar que alguien nos roba nuestra paz interior, también lo es. En efecto, demasiadas veces hacemos recaer nuestra felicidad en terceras personas y no pensamos que, como explicó el filósofo hindú Krishnamurti, "la dependencia genera miedo. Si yo dependo de usted emocional, psicológica o espiritualmente, seré su esclavo, y, por lo tanto, le temeré." Cuando echamos la culpa a alguien de provocar en nosotros sentimientos que no nos agradan, nos olvidamos que en realidad estamos enfadados con una parte nuestra que no aceptamos, y que la  persona en cuestión simplemente detona. Nada de lo que no exista dentro de nosotros nos puede afectar.

No estamos aquí para gustar a todo el mundo ni para navegar en unas aguas que ondeen a la merced de los demás, sino para tomar las riendas de nuestras vidas y posicionarnos desde la humildad y el cariño, respetándonos a nosotros mismos ante todo. Por ello, la felicidad, que no es un fin sino una elección, depende en última instancia y más allá de las circunstancias, de nuestra voluntad y de nadie más. En este sentido, no hay mayor enemigo, ante unas situaciones percibidas como negativas, que el cinismo. El filósofo Peter Sloterdijk, explica que la actitud cínica es fatalista y derrotista, nos paraliza al hacernos proclamar que no hay nada que hacer, que no existen soluciones ni remedios y que luchar es vano, añadiendo además un toque de sarcasmo y de burla hacia todo aquel que esté llevando sus proyectos a cabo, o hacia el estado del mundo en general.

Y es que somos muchos los que hemos nacido con unas facilidades económicas y sociales que creemos naturales e intrínsecamente ligadas a la vida, olvidándonos que nuestros padres, abuelos y antepasados no nacieron con ellas y tuvieron que conseguirlas. Vivieron escaseces de todo tipo y persiguieron sus ideales  para mejorar sus propias condiciones, sin culpar al mundo y estando además agradecidos por estar vivos. En este sentido, algo tan aparentemente normal como andar libremente por la calle y expresarnos sin temor a ser detenidos o encarcelados, debería constituir un motivo de regocijo cotidiano, pero como hemos nacido con estos enormes privilegios, ni siquiera los apreciamos, y tampoco nos damos cuenta que mientras estas líneas son escritas, en muchas partes del mundo, desde Siria hasta Egipto, pasando por China o Rusia, miles de personas están dando sus vidas y su libertad para poder conquistarlos.

Es cierto que muchos formamos parte de la generación de la comodidad, y la comodidad, justamente, no lleva a ninguna parte. Como dijo Fernando Sánchez Dragó, “nacer no es cómodo, morir no es cómodo, vivir no es cómodo, la tierra no es cómoda, las cosas del sentir y del pensar no son cómodas, estudiar no es cómodo, envejecer no es cómodo, no venimos aquí para estar cómodos.” La comodidad es necesaria de vez en cuando. En ella, no existe el riesgo ni el peligro, no hay sitio para lo imprevisto, y por lo tanto, no hay miedo a lo desconocido. Pero si se prolonga demasiado, la comodidad atrofia, anestesia y nos va encerrando en los barrotes de una cárcel gobernada por una facilidad que mata el desarrollo de nuestro potencial, reduciendo nuestra autoestima y haciéndonos creer que no somos capaces de continuar progresando.

Las condiciones adversas, por el contrario, nos obligan a dar lo mejor de nosotros mismos, a movernos, a buscar soluciones, a levantarnos, a informarnos, a preguntar, a leer, a ver, a escuchar, a analizar, a entender y a deducir, para saber cómo salir del bache y seguir adelante. Cuanto más complicada sea la situación, más podemos aprender y avanzar, contando ciertamente con el apoyo de algunos seres queridos, pero debiendo dar el paso nosotros sin escudarnos ni refugiarnos en nadie. Si sabemos sacar provecho de la lección desde el amor y la comprensión, y no desde la frustración o la rabia, nos convertiremos en seres más responsables, sabios y conscientes, menos egocéntricos, victimistas e ignorantes y, por ende, disminuiremos nuestros conflictos y caminaremos más descansadamente, más reforzados y más capacitados.

Lancémonos, sin ser incautos ni inconscientes, pero sí atrevidos, a lo desconocido. Arriesguemos siempre: “A lo oscuro por lo más oscuro y a lo desconocido por lo más desconocido” reza el lema de los alquimistas. Intentemos no usar más la excusa del temor o del miedo a fracasar o a equivocarnos, y recordemos que, como mencionó Krishnamurti, haciendo lo que tememos el temor desaparecerá. Y aunque éste vuelva a aparecer, la única forma de superarlo será yendo hacia adelante, siempre, no renunciando ni claudicando, y tampoco aferrándonos a lo conquistado, ni echando pie a tierra, sentándonos en nuestros laureles y acomodándonos para dejar de ser participantes en la vida y pasar a ser meros espectadores.

El futuro pertenece a los que son capaces de llevar sus sueños a cabo desde la bondad y el respeto. Qué más da la edad que tengamos, nunca es tarde para seguir lo que estos nos piden. “Ser bueno es ser valiente”, manifestó Antonio Machado, aprovechemos pues los momentos de lucidez y de plenitud que nos dictan el camino que debemos tomar para, como dice la filosofía oriental, movernos sin esforzarnos, dedicándonos a hacer lo que nos gusta sin vislumbrar ninguna meta, disfrutar del trayecto y confiar en que, haciendo lo que salga de nuestro corazón, acertaremos.

Es posible, además de probable, que las cosas no ocurran como deseamos, que no podamos llevar a cabo nuestros proyectos como queramos, pero ahí se encuentra justamente el aprendizaje. En las situaciones inesperadas, como afirmó el periodista Joseph Pulitzer, se encierra nuestra gran oportunidad. Nuestra propia necesidad nos hará encontrarnos siempre, nos guste o no, con aquello que necesitamos para seguir adelante.

De nosotros, y sólo de nosotros, depende aprender la lección.


 

domingo 27 de noviembre de 2011

Oriente


Todo es estrecho en Occidente. Grecia es pequeña, me ahogo. Judea es seca, jadeo. Dejadme mirar un poco hacia la Alta Asia, hacia el profundo Oriente.  

Jules Michelet


El mundo está asistiendo hoy a un giro hacia Oriente, no sólo por el creciente e imparable auge de China y, en menor medida de India, que han pasado de ser actores secundarios en la escena geopolítica mundial a convertirse en protagonistas, sino también por sus técnicas de sanación y de vida, sus religiones y sus filosofías milenarias, prácticamente desconocidas en Occidente hace tan sólo dos décadas.

De Oriente fascina en primer lugar su tradición filosófica, espiritual y práctica, basada en todo lo relacionado con el ser humano y en sus manifestaciones, que expresada mediante simbolismos y alegorías a primera vista asequibles, exigen escudriñamiento, replanteo y análisis. A diferencia de la filosofía occidental, que expone unas ideas o teorías basándose en unos argumentos racionales que se van desarrollando lógica y progresivamente - la llamada exposición discursiva - la filosofía oriental, mucho más concentrada y concisa, pero no por ello más superflua o irrelevante, invita al lector a hacer el trabajo de discernir qué se esconde detrás de unas claves en forma de frases, por lo general cortas, poco explícitas y escritas en forma de metáforas que pueden aparentar ser contradictorias y que no deben ser tomadas al pie de la letra.

La observación como camino hacia el aprendizaje es justamente una de las características de las sociedades orientales, y no sólo en la filosofía, también la religión o las artes marciales. Regidos por la frase de Lao-Tse, “el que habla no sabe y el que sabe no habla”, los maestros orientales enseñaran un movimiento o técnica, y los alumnos deberán repetirlo, perfeccionarlo y mejorarlo sin poder contar con más explicaciones que la observación.

Milenarios, poco estudiados en occidente y pilares espirituales de países como China o Japón, Confucio, Lao-Tsé o el mencionado Sun-Tzu, tienen en común el no dar vueltas alrededor de conceptos abstractos y a menudo sólo inteligibles por una minoría que necesita profundos conocimientos, o bien las explicaciones de algún experto, para entenderlos. No es que Platón, Kant, o Descartes, por sólo citar a estas mentes privilegiadas, sean inútiles, todo lo contrario, han contribuido enormemente al desarrollo del conocimiento humano, han sentado las bases de las sociedades occidentales actuales y de su sistema de pensamiento, así como del arte, la religión, la moralidad, la ética o la cultura. Pero su complejidad léxica y muchas veces sus temas, alejados de las preocupaciones del ciudadano medio, no los hacen asequibles. Al fin y al cabo el conocimiento ha de ser accesible a la persona, y no el coto privado de unos pocos que lo pueden comprender. Tómese la molestia el lector de leer las pocas páginas que contiene el libro fundamental de Taoísmo, el Tao Te King, cuyas ideas Occidente se ha ido apropiando, creando eso que llama "auto-ayuda",  (como si hubiera inventado algo) para darse cuenta de la impresionante validez y la vigencia de esta obra milenaria.

Asimismo, la filosofía oriental, y por ende, su sistema de valores, hace predominar al cuerpo sobre la mente, contrariamente a Occidente, donde, por herencia del cartesianismo, el cuerpo se ha solido considerar un mero soporte o un vehículo al servicio de la misma. Y el cuerpo, lo queramos o no, le lleva miles de años de ventaja a la mente, cuyo funcionamiento y potencial ni siquiera conocemos a día de hoy. ¿Acaso no estaríamos muertos antes de nacer si delegaremos a ésta nuestras funciones vitales y la actividad interna de nuestros organismos, tales como el sistema digestivo, la regeneración de las células, la presión arterial o la respiración?

Mente y cuerpo no son dos entidades separadas, ninguna es superior a la otra y las dos tienen sus roles indispensables, forman un todo y se necesitan mutuamente. Bien es sabido que con nuestro ritmo de vida frenético, todo debe ser hecho ya. La mente va siempre acelerada y el cuerpo no le sigue. Cuando éste último está tenso, la cabeza suele estarlo también, y por lo tanto, ni nuestro estado de humor será muy positivo, ni nuestros pensamientos resultaran útiles y productivos. Y al revés, cuando estamos agobiados y no podemos parar de dar vueltas a la cabeza, probablemente el cuerpo tenga alguna dolencia o esté excesivamente rígido.

En Occidente nos han enseñado que la enfermedad es nociva y perjudicial. Cuando tenemos fiebre, lo lógico es dopar al cuerpo con fármacos para hacerlo callar y no sentirlo. En Oriente, en cambio, la enfermedad es considerada algo positivo ya que, en primer lugar, demuestra que el cuerpo tiene capacidad de reacción, ejerciendo así una limpieza, la eliminación de parásitos o la adaptación a una nueva estación climática. En segundo lugar, mediante la fiebre, el cuerpo nos dice que necesita descanso y que dejemos de meterle presión. Según la técnica oriental, un cuerpo no sano es un cuerpo que no reacciona cada "x" tiempo, que no enferma, que no se limpia y que a la larga desarrollará probablemente una grave enfermedad.

¿Y cómo iba a ser de otra manera? Cuando el cuerpo nos habla, es decir, cuando sentimos dolencias, lo hacemos callar con fármacos. Pensamos que eliminando el dolor, es decir el síntoma, solucionaremos una causa que ahí seguirá. Cuando el cuerpo poco a poco vaya sintiendo que su manifestación a través del dolor tiene por respuesta un sedante, acabará por no manifestar dolencia alguna, porque no tendrá recursos y dependerá exclusivamente de los fármacos. Pan para hoy, hambre para mañana.

En éste sentido nos han vendido que las vacunas son necesarias e imprescindibles y que refuerzan el sistema inmunológico. Un experto en medicina cuántica, homeopatía y balance polar, científico, matemático y profesor, explicaba recientemente a este periodista que está viniendo a su consulta cada vez más gente con enfermedades ligadas directamente a vacunas recibidas en la infancia y declaradas imprescindibles como el tétanos o la hepatitis, ante las que, afirma, nunca se saben las consecuencias a largo plazo.

Al crecimiento y desarrollo de valores como la sensibilidad por el medioambiente también está unida la vida sana. Las personas que hoy se quieren alimentar bien, medicarse sólo cuando sea absolutamente necesario y practicar técnicas de sanación naturales, ya no son vistas como bichos raros y esotéricos. Pese a que existe mucha charlatanería y demasiadas personas poco equilibradas y formadas que las ejercen o practican, no deja de ser notoria y significativa la normalización en Occidente de técnicas como el Yoga, el Feng-Shui, la acupuntura, el Reiki, el Seitai, el Taichi, o el Chi-Kung que se dedican a escuchar el cuerpo para relajar la mente. Y es que, como dijo el maestro sufí Inayat Khan, "la maestría consiste en el dominio de la mente. Cuando la mente se convierta en tu fiel servidor, el mundo entero estará a tu servicio". Para ello, conviene parar el pensamiento, no atizarlo, algo que los orientales saben hacer muy bien a través, por ejemplo, de la meditación.

Occidente, con todos sus defectos, tiene enormes virtudes que le son propias y que está aportando a un Oriente, que, según el filósofo hindú Osho, "es contrario a la modernización, sus tradiciones son un gran bloqueo y por su pasado no puede entender la explosión de modernidad occidental". El mismo afirma que, inversamente, el interés creciente por Oriente, se debe a que en Occidente "todo lo que el hombre pudiera necesitar está disponible, y no hay contentamiento. Por causa de ésta frustración, las personas se comienzan a interesar cada vez más por la meditación, la oración y la contemplación". El deseo - lo que el hindú Shivananda calificó como "la mayor impureza de la mente" - como fuente de insatisfacción constante está en la base del Budismo, del Taoismo y del Hinduismo, pero parece que en Occidente hemos necesitado llegar a la situación económica actual, para darnos cuenta que la sacrosanta acumulación de bienes materiales como clave de la felicidad sólo lleva a alimentar un sistema ya caduco. Más valdría recordar, como dijo Fernando Sánchez Dragó, que después de la muerte sólo conservaremos de la vida todo aquello que no se puede perder en un naufragio.

Como explica el Tao Te King, de la mezcla proviene el enriquecimiento y la fluidez natural del Universo. Quizás sea hora de aprovechar las ventajas de vivir en un mundo globalizado para unir e integrar la profunda espiritualidad y sabiduría orientales, con la enorme capacidad racional y el progreso occidentales.Todos saldríamos ganando.




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